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◂ Portada  ·  Edición N.º 42 de 50 20 de enero de 2009
JORNADA HISTÓRICA EN WASHINGTON

Barack Obama jura como presidente: por primera vez un hombre negro gobierna los Estados Unidos

Ante una multitud de dos millones de personas que desafió el frío en la explanada del Capitolio, el hijo de un keniano y una muchacha de Kansas juró sobre la Biblia de Lincoln, 45 años después del sueño que Luther King gritó a unos pasos de allí.

Obama, presidente
Obama, presidente — Official White House Photo by Pete Souza · Public domain (Wikimedia Commons)

El Mall de Washington, esa alfombra de césped y mármoles donde este país celebra y protesta desde hace dos siglos, no había visto nunca lo que vio hoy: dos millones de almas apretadas bajo un frío de varios grados bajo cero, banderas en alto, ancianos negros llorando sin disimulo, para presenciar los dos minutos que tarda un juramento. Al mediodía, con la mano sobre la misma Biblia que usó Abraham Lincoln, Barack Hussein Obama, de 47 años, se convirtió en el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos y en el primero de piel negra en la historia de la nación.

La aritmética de la fecha la escribió la historia sola: hace apenas 45 años, en este mismo Mall, Martin Luther King soñaba en voz alta con un país donde sus hijos no fueran juzgados por el color de su piel; hace 48, el padre del nuevo presidente no habría podido sentarse en cualquier restaurante de esta ciudad. Obama, hecho a sí mismo entre Hawái, Indonesia y las calles del sur de Chicago, no esquivó la sombra ni el símbolo: habló de una nación en crisis, con dos guerras a cuestas y una economía en su peor invierno desde los años treinta, y pidió «recomenzar el trabajo de rehacer América».

Su campaña ya es objeto de estudio: un senador de primer mandato, con un nombre que sus propios asesores consideraban un pasivo electoral, derrotó en las primarias a la maquinaria de los Clinton empezando por imponerse en Iowa, uno de los estados más blancos y rurales del país, y llegó a noviembre financiado por una novedad: millones de donantes de diez y veinte dólares reclutados por internet, la misma red que le organizó voluntarios en cada condado. El colapso financiero de septiembre terminó de definir la elección, y el «sí, podemos» que empezó como consigna de acto terminó cantado en las calles de cien ciudades la noche del triunfo. Hoy jura con índices de aprobación que no se recuerdan y una caja de problemas a la altura del récord.

La multitud del Mall empezó a llegar a las cuatro de la madrugada, a temperaturas de congelador, y la policía informó al final del día una estadística que parece de otro planeta: dos millones de personas, ningún arresto. Abundaban los ancianos del sur traídos por sus nietos, veteranos de las marchas de Selma y de Birmingham que repetían variantes de una misma frase: «no creí que mis ojos fueran a verlo». Hasta el tropiezo tuvo su lugar en la historia menuda: el presidente de la Corte se enredó con la fórmula del juramento, y el juramentado, sonriendo, lo esperó. Después, los Obama bajaron de la limusina y caminaron a pie un tramo de la avenida Pensilvania, saludando a una ciudad que por un día olvidó que gobernar es más difícil que jurar.

La fiesta fue enorme y el amanecer será áspero: los bancos siguen cayendo, el desempleo trepa y las tropas siguen en Irak y Afganistán. Los dos millones del Mall lo saben y por hoy no les importa: vinieron a ver con sus propios ojos que la puerta más pesada de este país podía abrirse. Que el hombre que la abrió pueda además gobernar detrás de ella, es la pregunta que empieza mañana. Hoy, por una vez, la crónica registra sin ironía la palabra más gastada del idioma: esperanza.