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◂ Portada  ·  Edición N.º 43 de 50 13 de octubre de 2010
PROEZA EN EL DESIERTO DE ATACAMA

¡Están todos afuera! Chile rescata a sus 33 mineros tras 69 días bajo la tierra

Uno por uno, izados en una cápsula por un pozo de 700 metros, los hombres de la mina San José volvieron a la superficie ante mil millones de televidentes. Habían sobrevivido 17 días dados por muertos, racionando cucharadas de atún en la panza de la montaña.

Los 33 mineros de Chile
Los 33 mineros de Chile — desierto_atacama · CC BY-SA 2.0 (Wikimedia Commons)

A las doce y diez de la madrugada, la cápsula Fénix 2 asomó por la boca del pozo con Florencio Ávalos adentro, y el desierto de Atacama estalló en un grito que dio la vuelta al planeta. Uno tras otro, durante casi veinticuatro horas, los treinta y tres mineros sepultados desde el 5 de agosto fueron subiendo por el conducto de setecientos metros que las perforadoras tardaron semanas en abrir: quince minutos de viaje vertical entre la roca, con anteojos oscuros para que el sol, después de sesenta y nueve días, no les hiriera los ojos. El último en subir, como corresponde a un jefe de turno, fue Luis Urzúa: «Hemos hecho el relevo», le dijo al presidente Piñera al abrazarlo.

La historia completa merece ser contada a los nietos. Cuando el cerro se derrumbó, los treinta y tres quedaron atrapados en un refugio con comida para dos días, y la estiraron diecisiete días a razón de dos cucharadas de atún y medio vaso de leche cada cuarenta y ocho horas, mientras arriba los daban por muertos. El 22 de agosto, una sonda que tanteaba a ciegas volvió a la superficie con un papel atado con cinta aislante: «Estamos bien en el refugio los 33». Desde entonces, por tres conductos del ancho de una naranja, bajaron comida, luz, cartas y hasta imágenes de fútbol, mientras tres perforadoras corrían una carrera contra la roca y contra el ánimo de los de abajo.

La ingeniería del rescate fue una carrera de tres caballos: los planes A, B y C perforaban a la vez con tecnologías distintas, por si alguno fallaba, y ganó el B, una máquina traída para pozos de agua, guiada por un perforista americano que llegó desde Afganistán y describió el trabajo como enhebrar una aguja de setecientos metros. La NASA, consultada porque nadie sabe más de encierros largos, mandó médicos y una lista de consejos que van de la dieta al diseño de la cápsula: esa Fénix de media tonelada, construida por los astilleros de la armada chilena, con ruedas de goma, oxígeno propio y un arnés por si el pasajero se desmaya en el viaje. Por el conducto bautizado «la paloma» bajaron en estos meses toneladas de carga, empezando por glucosa y terminando por un proyector de cine.

Abajo, los treinta y tres se organizaron como un pueblo chico: hubo jefe, turnos de trabajo, enfermero, un pastor que ofició cultos diarios, un cronista que llevó el diario de la mina en un cuaderno, y luz artificial encendida y apagada a horario para que el cuerpo no perdiera el calendario. Se vio fútbol por una señal bajada desde la superficie y se corrieron carreras para mantener el ánimo y las piernas. Arriba, el campamento Esperanza creció de doce carpas a una ciudad con escuela y comedor, donde las familias sostuvieron sesenta y nueve días de velas encendidas. Y hubo hasta propuesta de casamiento: un minero salió del pozo directo a prometerle a su mujer, tras veinticinco años de convivencia, la boda por iglesia que le debía.

Mil millones de personas, dicen los medidores de audiencia, miraron esta noche cómo un país pequeño y sísmico, que este mismo año lloró un terremoto terrible, convertía una tragedia minera en la operación de rescate más limpia que se recuerde: ingeniería, disciplina y un jefe de turno que allá abajo impuso raciones, tareas y esperanza por partes iguales. La mina San José, vieja y observada desde hacía años, no debió haberse tragado a nadie, y esa cuenta llegará a los tribunales. Pero la crónica de hoy tiene derecho a quedarse con lo otro: treinta y tres hombres que la tierra devolvió vivos, y un cartel escrito con fibra que ya es patrimonio del idioma.