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◂ Portada  ·  Edición N.º 41 de 50 15 de septiembre de 2008
TERREMOTO EN LAS FINANZAS MUNDIALES

Quiebra Lehman Brothers: cayó un gigante de Wall Street y tiembla el mundo entero

El banco de inversión, con 158 años de historia, se presentó en bancarrota de madrugada después de que el gobierno se negara a rescatarlo. Las bolsas del planeta se desploman y nadie sabe qué entidad será la próxima.

Cae Lehman Brothers
Cae Lehman Brothers — David Shankbone · CC BY-SA 3.0 (Wikimedia Commons)

La imagen del día no necesita cifras: empleados de Lehman Brothers saliendo del rascacielos de la Séptima Avenida con sus pertenencias en cajas de cartón, bajo las pantallas gigantes que todavía proyectaban el logo de la casa. El banco que sobrevivió a la Guerra de Secesión, a dos guerras mundiales y al crac del 29 no sobrevivió a sus propias apuestas: quebrado por las hipotecas basura que empaquetó y revendió durante años, presentó al filo de la madrugada la mayor bancarrota de la historia de los Estados Unidos, con deudas por más de 600.000 millones de dólares.

El fin de semana fue de vértigo. Convocados de urgencia por el secretario del Tesoro, los grandes banqueros buscaron comprador para Lehman; los candidatos se espantaron al mirar los libros, y Washington, escaldado tras salvar a otros, decidió esta vez que no pondría un dólar. En el mismo torbellino, Merrill Lynch —otro nombre sagrado de Wall Street— se vendió a toda prisa al Bank of America para no correr la misma suerte, y la aseguradora AIG, un coloso que asegura medio mundo, se tambalea a la vista de todos.

La autopsia empieza por la palanca: Lehman llegó a operar con más de treinta dólares prestados por cada dólar propio, apostados en buena parte a ladrillos —hipotecas, torres, terrenos— justo cuando el ladrillo americano lleva dos años desinflándose. Hubo avisos y hubo soberbia: en marzo, cuando cayó Bear Stearns y las autoridades le fabricaron un comprador de apuro, el mercado entendió que a los grandes siempre los salvan, y el señor Fuld, que manda en Lehman desde hace catorce años con modales de boxeador, rechazó ofertas que hoy parecen un sueño. El domingo a la noche quedaba una sola puerta, el banco británico Barclays, y la cerró el regulador de Londres, que no quiso importar el incendio. Pasada la medianoche, los abogados empezaron a redactar la quiebra.

La escena humana fue de mudanza y estupor: veinticinco mil empleados en el mundo, muchos con años de sueldo cobrados en acciones que hoy valen papel mojado, cruzando el cordón de fotógrafos con la caja, la planta y el diploma bajo el brazo; en Londres, buena parte del personal se enteró por los televisores del hall de que ni el sueldo del mes está garantizado. Hasta la colección de arte del banco marchará a remate. En los pasillos de Washington y en las columnas de los diarios se repite desde hoy una expresión de manual, «riesgo moral»: si se salva a todos, todos se arriesgan. Se dejó caer a uno para escarmiento, y el escarmiento amenaza con llevarse la casa entera; ni los profesores tienen hoy cara de saber cómo sigue.

Las bolsas de Nueva York, Londres, Frankfurt y Tokio respondieron con desplomes que no se veían desde 2001, y el contagio recién empieza: el crédito, que es la sangre de esta economía planetaria, se está helando hora a hora porque ningún banco confía en que el de enfrente amanezca vivo. Los funcionarios repiten que el sistema es sólido, y este diario, que ya escuchó esa frase en octubre de 1929, la anota otra vez con la misma prolijidad y la misma desconfianza. Lo que quebró hoy no es solo un banco: es la idea de que estos gigantes no podían caer.