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◂ Portada  ·  Edición N.º 65 de 90 12 de abril de 1955
ANUNCIO HISTÓRICO EN LA UNIVERSIDAD DE MICHIGAN

La vacuna de Salk vence a la polio: «segura, potente y eficaz», y repican las campanas

En Ann Arbor se anunciaron los resultados del mayor ensayo médico de la historia: la vacuna contra la parálisis infantil funciona. Su creador renuncia a patentarla y pregunta si acaso puede patentarse el sol.

La vacuna contra la polio
La vacuna contra la polio — SAS Scandinavian Airlines · Public domain (Wikimedia Commons)

A media mañana, en un auditorio de la Universidad de Michigan repleto de periodistas y de sabios, un investigador leyó un informe que el país entero esperaba conteniendo el aliento, y bastaron tres palabras para que estallara: la vacuna era «segura, potente y eficaz». En cuestión de minutos la noticia corrió por la radio de costa a costa; las campanas de las iglesias se echaron a vuelo, las fábricas hicieron sonar sus sirenas, hubo desconocidos que se abrazaron en las calles y jueces que suspendieron audiencias para dar la buena nueva. Se anunciaba el fin, o el principio del fin, del terror que vaciaba las piletas cada verano.

Cuesta explicar a quien no lo vivió el pánico que la parálisis infantil sembraba cada estío. Llegaba con el calor, sin que nadie supiera bien cómo se contagiaba, y elegía sobre todo a los niños: a unos los dejaba con las piernas muertas y los hierros ortopédicos de por vida, a otros los encerraba en esos cilindros de acero llamados pulmones de acero, que respiraban por ellos cuando el mal les paralizaba el pecho. Los padres prohibían las piletas, los cines, las fiestas; ciudades enteras se aislaban. El país había visto a uno de sus presidentes gobernar desde una silla de ruedas por culpa de esa misma enfermedad, y no había hallado defensa alguna.

El anuncio de hoy corona un esfuerzo sin precedentes. El doctor Jonas Salk, hijo de inmigrantes judíos de Nueva York, apostó a una idea que muchos colegas juzgaban peligrosa: fabricar la vacuna con virus muertos, incapaces de enfermar pero suficientes para enseñarle al cuerpo a defenderse. El año pasado, cerca de dos millones de niños —los llamaron «pioneros de la polio»— participaron en un ensayo colosal, unos con la vacuna, otros con agua salada, para medir sin engaños si de veras protegía. Los sobres con los resultados se abrieron esta mañana. La colecta popular que financió la campaña llevaba años pidiendo monedas por correo: la marcha de los centavos, la bautizaron.

Preguntado esa misma noche en televisión quién era el dueño de la patente de semejante tesoro, el doctor Salk respondió con una frase que ya da la vuelta al mundo: «La patente es del pueblo. No hay patente. ¿Acaso se puede patentar el sol?». No cobrará un centavo por su invención, y hay quien calcula que renunció con esas palabras a una fortuna. La escena le recordó a más de uno a aquel bacteriólogo escocés del que este diario dio cuenta hace un cuarto de siglo, el del moho que mataba microbios: también él regaló al mundo su hallazgo sin reclamar dueño. Los grandes remedios, parece, prefieren no tener precio.

Habrá que ser prudentes: la vacuna deberá fabricarse por millones de dosis, con controles que no admitan un solo error, porque un frasco mal preparado podría causar el mismo mal que promete evitar. Pero la dirección ya no tiene vuelta. Los veranos del miedo —las piletas cerradas, los cines prohibidos, el rumor de los pulmones de acero en las salas de hospital— empiezan esta mañana su lenta retirada. Algún día, es lícito imaginarlo, la parálisis infantil será una palabra que los abuelos deban explicar a sus nietos, un fantasma vencido. Hoy, en miles de pueblos de este continente, las campanas ya lo festejan como si esa mañana hubiera llegado.