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◂ Portada  ·  Edición N.º 66 de 90 4 de octubre de 1957
LA UNIÓN SOVIÉTICA PONE UNA LUNA EN EL CIELO

Comienza la era espacial: una esfera rusa da vueltas a la Tierra y su bip-bip se oye en todas las capitales

Moscú anunció que puso en órbita el primer satélite artificial de la historia, una bola de aluminio de 58 centímetros que sobrevuela el planeta emitiendo señales que cualquier radioaficionado puede captar. El cielo dejó de ser, esta noche, un techo cerrado.

El Sputnik
El Sputnik — NSSDC, NASA[1] · Public domain (Wikimedia Commons)

La agencia Tass lo anunció al mundo con voz de gran ocasión: la Unión Soviética ha lanzado con éxito el primer satélite artificial de la Tierra. Lo llaman Sputnik —«compañero de viaje», en ruso— y es una esfera de aluminio pulido de apenas cincuenta y ocho centímetros de diámetro, con cuatro antenas como bigotes, que gira ahora alrededor del planeta a unos veintinueve mil kilómetros por hora, dando una vuelta completa cada hora y media. Desde anoche cruza sobre nuestras cabezas emitiendo un pitido monótono, un bip-bip en dos frecuencias que cualquier aficionado con una radio de onda corta puede sintonizar, y que ya se escucha, incrédulo, en medio mundo.

El artefacto fue arrojado al cielo desde algún punto secreto de las estepas de Asia central por un cohete cuya potencia dice más que la bolita que carga: para poner algo en órbita hay que lanzarlo tan rápido que, al caer, siga errando la Tierra sin alcanzarla jamás, y solo un motor formidable logra esa velocidad. El satélite no hace, en rigor, casi nada: lleva dos transmisores y unas baterías que se agotarán en pocas semanas, tras lo cual quedará mudo y terminará por consumirse al rozar el aire. Pero su mensaje no está en lo que transmite, sino en el hecho mismo de estar ahí arriba, puesto por manos humanas.

El golpe es tanto científico como político, y en Washington ha caído como un balde de agua fría. Las dos potencias que se repartieron el mundo tras la última guerra venían compitiendo en todos los terrenos, y los Estados Unidos daban por descontada su ventaja técnica; descubrir de golpe que el rival puso primero un objeto en el cielo —y que el mismo cohete capaz de eso podría, mañana, llevar de un continente a otro algo mucho menos inocente— ha sembrado una inquietud que los discursos no alcanzan a disimular. Este año se celebraba, con ironía involuntaria, un Año Geofísico Internacional dedicado a estudiar el planeta; los soviéticos decidieron estudiarlo desde afuera.

En las ciudades de todo el mundo, la gente sale de noche a los balcones y a las azoteas a buscar en el cielo el puntito que se mueve entre las estrellas fijas; los diarios publican los horarios de paso como quien anuncia un eclipse, y los muchachos con radios caseras compiten por grabar el famoso pitido. En verdad, aclaran los astrónomos, el destello que se ve a simple vista no es la esferita, demasiado pequeña, sino la última etapa del cohete que la acompaña en su ronda. En Moscú, la prensa que ayer apenas mencionó el lanzamiento hoy no habla de otra cosa, y se cuenta que hasta los propios ingenieros se asombraron del estruendo que provocó en el mundo una bola que solo sabe decir bip.

Algo cambió esta noche que ya no podrá deshacerse. Durante todos los siglos de los que hay memoria, el cielo fue un techo: los hombres pusieron en él a sus dioses, sus mapas y sus presagios, pero nada suyo. Desde hoy hay allá arriba un objeto fabricado en un taller, girando obediente a las mismas leyes que hacen caer la manzana, y no habrá modo de volver a mirar las estrellas como antes. Lo que empieza es una carrera cuyo premio nadie se atreve todavía a nombrar en voz alta, pero que ya asoma en los sueños de los ingenieros de ambos bandos: si esta noche subió una máquina, no tardará en subir un hombre.