Frida Kahlo ha muerto a los cuarenta y siete años en la Casa Azul
La pintora falleció esta madrugada en la casa de Coyoacán donde nació. Llevaba años enferma y hace once días salió por última vez, en silla de ruedas, para asistir a una manifestación. Se prepara la velación de su cuerpo en el Palacio de Bellas Artes.
Frida Kahlo murió esta madrugada en la Casa Azul de Coyoacán, la misma casa de muros añiles donde nació hace cuarenta y siete años. La encontraron en su cama, en el cuarto poblado de espejos, ídolos y judas de cartón donde pintó tanto de lo que pintó. Los médicos hablan de una embolia pulmonar; su salud venía deshaciéndose desde hace tiempo, sobre todo tras la amputación de una pierna el año pasado. En el jardín, entre los perros y las plantas que ella cuidaba, amigos y vecinos entraban y salían esta mañana en silencio, sin acabar de creer que la casa hubiera quedado sin su dueña.
Pintaba porque el cuerpo se lo exigía. A los dieciocho años, el camión en que viajaba fue arrollado por un tranvía; el pasamanos le atravesó el cuerpo y le quebró la columna y la pelvis. De aquella cama de convaleciente salió una pintora: le pusieron un espejo en el dosel y se retrató a sí misma porque era el modelo que tenía a mano. Nunca dejó de hacerlo. Sus autorretratos no piden compasión: muestran los corsés de yeso, las espinas, la columna rota como una columna de templo hecha pedazos, con una franqueza que incomoda a quienes prefieren el arte amable. Pintó su vida porque fue lo que tuvo cerca.
Su vida pública quedó unida a la de Diego Rivera, con quien se casó dos veces, y a las causas de la izquierda, que abrazó sin medias tintas. Expuso en Nueva York y en París, donde el Museo del Louvre le compró un cuadro cuando casi nadie en México coleccionaba su obra; aquí hubo que esperar hasta el año pasado para verla en una exposición propia, a la que llegó en ambulancia y que presidió acostada en una cama colocada en medio de la galería. Los últimos años fueron de hospital: operaciones de la columna, corsés, clavos, la pierna perdida. Siguió pintando frutas y banderas hasta donde el pulso quiso.
Hace apenas once días la ciudad la vio por última vez: enferma, en silla de ruedas, con la cabeza cubierta por un pañuelo, se hizo llevar a una manifestación de protesta por los sucesos de Guatemala. Quienes la vieron cuentan que aguantó horas bajo el cielo encapotado, con el puño en alto, contra la orden expresa de sus médicos. En su casa quedó, sobre el caballete, una naturaleza muerta de sandías abiertas, verdes y rojas; en la pulpa de una de ellas escribió, días antes de morir, tres palabras: «Viva la vida». No hace falta comentario. Pocas veces una obra final resume tan de golpe a su autor.
Se prepara la velación de su cuerpo en el Palacio de Bellas Artes, antes de la cremación que ella misma dispuso; Diego Rivera, deshecho, atiende los preparativos. Vendrán los discursos, y habrá quien discuta si fue mejor o peor pintora de lo que se dijo en vida. Este diario prefiere anotar otra cosa: que una mujer a la que el dolor persiguió desde la niñez, cuando la poliomielitis, hasta la última operación, dejó una obra donde no hay una sola súplica. Pintó unas sandías que dicen viva la vida y firmó con eso su testamento. Lo demás lo dirá el tiempo, que suele ser mejor crítico que los contemporáneos.