La mujer mexicana conquista la ciudadanía plena y el derecho al voto
La reforma al artículo 34 de la Constitución se publicó hoy en el Diario Oficial: son ciudadanos de la República los varones y las mujeres. Culminan décadas de lucha y una promesa de campaña del presidente Ruiz Cortines. Los partidos hacen cuentas ante un padrón que se duplica.
El Diario Oficial de la Federación publica hoy unas líneas que cambian la mitad del padrón por venir: el artículo 34 de la Constitución dice desde ahora que son ciudadanos de la República los varones y las mujeres que reúnan los requisitos de ley. Detrás de la fórmula seca del decreto hay millones de mexicanas que podrán votar y ser votadas en las elecciones federales. En las oficinas públicas, en los mercados, en las escuelas donde tantas mujeres enseñan desde hace generaciones sin poder elegir a un solo diputado, la noticia se comentó durante toda la jornada con una mezcla de júbilo y de asombro tranquilo.
El presidente Adolfo Ruiz Cortines cumple así la promesa que hizo en campaña, cuando ante una asamblea de mujeres ofreció la ciudadanía sin restricciones. Envió la iniciativa al Congreso en diciembre pasado; las cámaras la aprobaron, las legislaturas de los estados le dieron su voto y hoy el decreto queda promulgado. No es la primera vez que el sufragio femenino llega a las puertas del texto constitucional: en tiempos del general Cárdenas una reforma semejante fue aprobada por las cámaras y nunca llegó a declararse vigente. Desde 1947 las mexicanas votan ya en las elecciones municipales; ahora la ciudadanía es entera, sin letra chica.
La conquista viene de lejos y conviene recordarlo. En 1916, un congreso feminista reunido en Yucatán pidió ya derechos políticos para la mujer; ese mismo año, Hermila Galindo llevó la demanda hasta el Congreso Constituyente de Querétaro, que no se atrevió a concederla. En los años veinte, Yucatán eligió a Elvia Carrillo Puerto entre las primeras diputadas locales del continente, aunque la violencia y la ley le cortaron el paso. Hubo peticiones con cientos de miles de firmas, frentes únicos, revistas, giras por los estados. Cada generación empujó un tramo del camino. Las mujeres que hoy leen el decreto son herederas de otras que no alcanzaron a leerlo.
En las redacciones y en los cafés no faltan hoy los escépticos de siempre, que se preguntan si la mujer está preparada, como si gobernar la casa, la escuela, el hospital y medio comercio del país no fuera preparación bastante. Las interesadas responden con menos discursos y más trámites: en los comités distritales ya se pregunta cómo y cuándo habrá de empadronarse una. Maestras que pelearon esta causa desde los años veinte cuentan que no esperaban verla ganada; alguna, se dice, guarda todavía los volantes de entonces. Para ellas el decreto de hoy no es un regalo del gobierno: es una deuda que por fin se paga.
Las elecciones federales de 1955 serán las primeras en que las mexicanas de todo el país acudan a las urnas, y los partidos hacen ya cuentas sobre ese voto nuevo que nadie conoce. Habrá quien pronostique que la mujer votará como le indiquen el marido o el confesor; habrá quien espere de ella una política más limpia que la nuestra. Este diario se limita a consignar lo que consta: la República acaba de duplicar su ciudadanía sin disparar un tiro, por la vía serena de la ley, y pocas reformas de nuestro tiempo pueden decir lo mismo. La mitad de México entra hoy, con todos sus derechos, a la casa común.