Un ingeniero del CERN teje una telaraña de páginas que abraza al mundo
Tim Berners-Lee, ingeniero británico del laboratorio europeo de física, puso hoy a disposición del público su World Wide Web: documentos enlazados entre sí por palabras que llevan de una máquina a otra, aunque estén en países distintos. Publicó las instrucciones y el primer sitio, e invita a cualquiera a montar el suyo sin pedir permiso ni pagar nada.
En el laboratorio europeo de física de esta ciudad, donde se estudian las partículas más pequeñas de la materia, acaba de soltarse al mundo una invención que no cabe en microscopio alguno. El ingeniero británico Tim Berners-Lee anunció hoy en los foros públicos de las redes de computadoras que su sistema, bautizado World Wide Web, telaraña de alcance mundial, queda a disposición de cualquiera que quiera usarlo. La idea se explica en una frase: páginas de texto guardadas en computadoras distintas, enlazadas unas con otras por palabras que, al señalarlas, llevan al lector de un documento al siguiente, sin importar en qué país esté la máquina.
El señor Berners-Lee, de 36 años, no vende nada. Publicó las instrucciones completas de su sistema, los programas para leer y para servir páginas, y la dirección del primer sitio, alojado en una computadora del propio CERN, donde se explica cómo funciona la telaraña y cómo sumarse a ella. Invita expresamente a cualquiera, universidad, empresa o aficionado, a montar su propio sitio y enlazarlo con los demás, sin pedir permiso a nadie y sin pagar nada. El sistema nació, dice, de una necesidad doméstica: los miles de físicos que pasan por el laboratorio perdían sus documentos en un mar de máquinas incompatibles.
La telaraña no nace en el vacío. Las computadoras que aprendieron a hablarse entre sí en 1969, cuando la red ARPANET enlazó las primeras universidades americanas, como contó entonces este diario, tejen hoy una malla que une laboratorios y universidades de medio mundo, la llamada Internet. Pero esa red es país de iniciados: exige claves, órdenes crípticas, paciencia de monje. Lo nuevo del invento de Ginebra es la sencillez: todo el saber informático queda reducido a señalar una palabra subrayada. Donde había que saber navegar, ahora basta con saber leer. Ahí, dicen los entendidos, puede estar la semilla de algo grande.
Los primeros en probarlo cuentan la misma experiencia con palabras parecidas: se empieza buscando un dato y se acaba, una hora después, en un documento que no se buscaba, en una máquina de otro continente, sin haber advertido las fronteras cruzadas. Todavía es un mundo pequeño, hecho de física, manuales y guías de laboratorio; no hay imágenes, apenas texto sobre fondo llano. Sus partidarios imaginan bibliotecas enteras, diarios y archivos públicos colgados de la telaraña; los escépticos responden que ya hubo promesas parecidas y que las redes seguirán siendo, por mucho tiempo, cosa de sabios y de militares.
Este diario confiesa sin rubor que no sabe medir el tamaño de lo que hoy empieza, y sospecha que nadie lo sabe, ni siquiera su inventor. Puede quedar en curiosidad de laboratorio, como tantas; puede ser la imprenta de nuestro tiempo. Hay, con todo, un detalle que invita a tomarlo en serio: el hombre que pudo cobrar peaje a la puerta de su invento decidió dejarla abierta de par en par. Las telarañas de verdad se tejen hilo a hilo, y nadie ve el dibujo completo hasta que está terminada. Habrá que volver a mirar esta fecha dentro de algunos años.