Octavio Paz, primer mexicano en recibir el Premio Nobel de Literatura
La Academia Sueca distinguió al poeta y ensayista de setenta y seis años por una escritura apasionada, de horizontes amplios. La noticia lo alcanzó en Nueva York. Es la primera vez que un mexicano recibe el galardón de literatura.
La noticia salió de Estocolmo al mediodía y a México llegó de madrugada, con el desfase de las horas y la incredulidad de las cosas largamente esperadas: la Academia Sueca ha concedido el Premio Nobel de Literatura de 1990 a Octavio Paz. Es la primera vez que el galardón recae en un escritor mexicano. El acta lo distingue por una escritura apasionada «de horizontes amplios, caracterizada por la inteligencia sensual y la integridad humanista». El poeta, que tiene setenta y seis años, se encontraba en Nueva York, donde participa en los trabajos de una gran exposición de arte mexicano; hasta allá llegaron los teléfonos, las cámaras y las felicitaciones.
Paz nació en Mixcoac en 1914, entre los libros de su abuelo y las secuelas de la Revolución, que su padre sirvió como representante de Zapata. Publicó sus primeros poemas casi adolescente, viajó a España en plena guerra civil y desde entonces su vida fue una sola cosa con la literatura: fundó y dirigió revistas como Taller, Plural y Vuelta, tradujo, polemizó, enseñó en universidades extranjeras y sirvió más de veinte años en la diplomacia, hasta que renunció a la embajada en la India, en 1968, como protesta por la represión de aquel octubre. Pocos escritores de nuestra lengua han abarcado tantos oficios de la palabra.
Dos títulos bastarían para justificar el premio. El laberinto de la soledad, publicado en 1950, es el ensayo con el que varias generaciones de mexicanos han discutido consigo mismas: un examen del carácter nacional, de sus máscaras y sus fiestas, que se lee en las escuelas y se pelea en los cafés. Piedra de sol, de 1957, es un poema circular, de arquitectura azteca y pasión moderna, que muchos tienen por el más alto de nuestra lengua en este siglo. Alrededor de ellos se ordena medio centenar de libros de poesía y de ensayo sobre el amor, el arte, la India, el lenguaje y la política.
El personaje no ha sido cómodo para nadie, y él parece preferirlo así. Una parte de la izquierda no le perdona sus críticas a los socialismos reales; los gobiernos han debido soportar sus juicios sobre el partido oficial y sobre lo que él llama el ogro filantrópico. En Nueva York, visiblemente emocionado, declaró a los periodistas que el premio no lo recibe él solo, sino la lengua española y la literatura de nuestra América, que en este siglo ha dado tantas obras mayores. En la capital, las radios repiten la noticia desde el amanecer y hay quien pronostica filas en las librerías del centro.
México ha ganado premios Nobel antes, como el de la Paz que recibió en 1982 don Alfonso García Robles, pero este toca otra fibra: la del idioma, que es la casa de todos. Después de Gabriela Mistral, de Miguel Ángel Asturias, de Pablo Neruda y de Gabriel García Márquez, el premio vuelve a nuestra América y se posa por primera vez en un mexicano. Habrá polémica, porque con Paz siempre la hay, y eso también es un elogio: los escritores que no incomodan rara vez importan. En diciembre viajará a Estocolmo a recibir la medalla. Mientras tanto, el español que se habla en México amanece con la cabeza un poco más alta.