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◂ Portada  ·  Edición N.º 37 de 50 22 de junio de 1986
MÉXICO 86 · CUARTOS DE FINAL

Maradona, de la mano de Dios al gol de todos los tiempos: Argentina 2, Inglaterra 1

En el Azteca, Diego abrió el marcador con un puño que el árbitro no vio y cuatro minutos después gambeteó a medio equipo inglés desde su propio campo para sellar el gol más extraordinario que registre la memoria del fútbol.

Maradona ante Inglaterra
Maradona ante Inglaterra — Unknown authorUnknown author · Public domain (Wikimedia Commons)

Ningún libreto se hubiera atrevido a tanto. A los seis minutos del segundo tiempo, Maradona saltó con el arquero Shilton y mandó la pelota a la red con la mano izquierda, tan escondida en el movimiento que el árbitro tunecino Bin Nasser convalidó el gol entre la furia inglesa. Cuatro minutos después, como si quisiera pagar aquella picardía con una obra maestra, el capitán argentino recibió en su propio campo, giró entre dos rivales y se echó a correr: diez segundos, cincuenta metros, cinco ingleses y el arquero quedaron sembrados en el pasto del Azteca antes de que empujara la pelota al gol que ya se discute si no es el mejor de la historia de los mundiales.

El estadio, 114.000 almas, tardó en entender lo que había visto. En los palcos de prensa, el uruguayo Víctor Hugo Morales gritaba de qué planeta venía y le agradecía a Dios «por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas». Inglaterra descontó al final por medio de Lineker y hasta rozó el empate, pero la tarde ya tenía dueño y la semifinal, contra Bélgica, ya tenía clasificado.

El partido llegaba cargado desde mucho antes del sorteo: era el primer cruce oficial con Inglaterra desde la guerra del Atlántico Sur, y aunque en la semana ambos planteles repitieron con diplomacia que el fútbol y la política no se mezclan, en la concentración argentina nadie lo creía del todo, empezando por el capitán. El equipo de Bilardo, mirado con desconfianza en la previa del torneo, creció partido a partido a la sombra de un Maradona de veinticinco años que atraviesa el mejor momento de su vida, jugando al mediodía del altiplano, con el sol a plomo sobre el pasto del Azteca y sin una sola queja pública: «se juega donde toque», fue toda su declaración.

Los números del segundo gol ya fueron tomados por los cronómetros de la televisión: diez segundos y pico, más de cincuenta metros, una docena de toques, todos con la zurda, y ningún pase. La radio le puso la letra que faltaba: «¡Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?!», gritó el uruguayo Víctor Hugo Morales antes de pedir perdón por el llanto, y en las tribunas ochenta mil mexicanos que no tenían patria en juego terminaron coreando el nombre del diez como propio. En la Argentina era la sobremesa del domingo: el grito del segundo gol se escuchó en dos tiempos, primero la incredulidad y después el abrazo con cualquiera que estuviera cerca.

Nadie en el Azteca necesitó que se lo explicaran: este partido era más que un partido. Cuatro años después de la guerra del Atlántico Sur, el propio Maradona diría en el vestuario que fue «como ganarle a un país, no a un equipo de fútbol». Del primer gol dijo, con sonrisa de barrio, que lo hizo «un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios». De la mano se hablará siempre; del segundo gol, también, pero en otro tono: el que se usa para las obras de arte.