Alfonsín asume y la Argentina vuelve a la democracia
Ante una Plaza de Mayo desbordante, el nuevo presidente recibió los atributos del mando y cerró siete años de régimen militar. «Con la democracia se come, se cura y se educa», prometió desde el Cabildo.
Raúl Ricardo Alfonsín juró hoy como presidente de la Nación ante la Asamblea Legislativa y recibió en la Casa Rosada el bastón y la banda presidencial, sellando el final del régimen militar instaurado en marzo de 1976. Cientos de miles de personas colmaron la Plaza de Mayo y la Avenida de Mayo en una celebración que mezcló la alegría con la memoria de los años más oscuros: la guerra perdida en Malvinas, la economía en ruinas y la herida abierta de los desaparecidos, cuyo número las organizaciones de derechos humanos cuentan por miles.
El presidente, que hizo campaña recitando el Preámbulo de la Constitución como una oración laica, eligió el balcón del Cabildo —y no el de la Casa de Gobierno, cargado de otros ecos— para hablarle a la multitud. Prometió que la democracia será algo más que una forma de gobierno: «Con la democracia no sólo se vota, sino que también se come, se cura y se educa». Anunció además que impulsará el juzgamiento de las juntas militares por el plan sistemático de represión ilegal, decisión sin precedentes en el continente.
El camino de vuelta lo abrió, paradójicamente, la peor hora: la derrota de Malvinas dejó al régimen sin relato, sin interna que lo sostuviera y sin calle, y los partidos, agrupados en la Multipartidaria, empujaron un calendario electoral que ya nadie pudo frenar. El 30 de octubre, contra todos los pronósticos que daban por invencible al peronismo en elecciones limpias, el radical Alfonsín obtuvo el cincuenta y dos por ciento de los votos con una campaña que llenó estadios recitando el Preámbulo como una oración cívica. Por primera vez en cuarenta años el peronismo perdió una elección presidencial, y lo que hizo aquella misma noche fue acaso tan importante como la elección: la reconoció.
La ciudad fue hoy una fiesta de banderas que no distinguía divisas: se vieron abrazos de radicales y peronistas que hace una década hubieran parecido ciencia ficción, padres alzando chicos «para que te acuerdes de este día», y delegaciones de medio mundo llegadas a mirar de cerca esta rareza: un país que despide a un régimen sin un tiro, con papeletas. Los festejos duraron hasta la madrugada sin un incidente que lamentar; en los cafés, esta noche, la conversación es una sola y suena a asombro: votar, que durante tanto tiempo fue recuerdo de los viejos, vuelve a ser costumbre de todos.
Los desafíos que hereda quitan el sueño: una deuda externa de 45.000 millones de dólares, una inflación galopante y unas Fuerzas Armadas que se retiran del poder sin rendirlo del todo. Pero la jornada de hoy no admitía cálculos sombríos. Por primera vez en más de medio siglo de golpes y proscripciones, los argentinos despiden a un gobierno y reciben otro con la sola fuerza del voto. Habrá que aprender de nuevo el oficio más difícil: el de vivir en paz con el que piensa distinto.