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The Daily Yesterday

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◂ Portada  ·  Edición N.º 26 de 164 17 de abril de 1695
Luto en San Jerónimo

Ha muerto sor Juana Inés de la Cruz, gloria de las letras de esta tierra

La Décima Musa falleció esta madrugada, a los cuarenta y tres años, contagiada por la peste mientras cuidaba a sus hermanas del convento. Deja versos que cantó todo el reino y la memoria de una defensa: el derecho de la mujer al estudio.

Muere Sor Juana
Muere Sor Juana — Miguel Cabrera · Public domain (Wikimedia Commons)

En una celda del convento de San Jerónimo ha muerto esta madrugada sor Juana Inés de la Cruz. Tenía cuarenta y tres años. La peste que aflige a la ciudad entró hace semanas en el claustro y fue tendiendo en cama a las religiosas; cuentan que de cada diez enfermas apenas una sanaba. Sor Juana, que velaba a sus hermanas sin reparar en el contagio, cayó al fin vencida por el mismo mal que combatía. Murió como había vivido estos últimos tiempos: en silencio, despojada de todo, sirviendo. La ciudad amanece con la noticia y con un luto que no necesita campanas.

Había nacido en Nepantla, al pie de los volcanes, hija de esta tierra. Niña aún, asombraba: aprendió a leer a los tres años, se dice, y suplicó que la enviaran disfrazada de hombre a la universidad. La corte de los virreyes la acogió como un prodigio; los marqueses de Mancera quisieron probarla ante cuarenta letrados, y la muchacha salió del examen, contó un testigo, como galeón real entre chalupas. Pudo ser dama de palacio y eligió el claustro, porque solo el convento, decía, le permitía vivir para el estudio. Profesó en San Jerónimo hace más de veinticinco años.

Su celda fue la más extraña del reino: la llenaban libros por millares, se dice, instrumentos de música y de matemática, mapas y papeles. De allí salieron villancicos que cantaron las catedrales, comedias, sonetos y aquel «Primero sueño» que pocos entienden y todos admiran. De allí salió también, hace pocos años, la carta que tituló «Respuesta a sor Filotea», donde defendió con razones mansas y aceradas el derecho de las mujeres al estudio, alegando que Dios no dio el entendimiento para tenerlo ocioso. La admiraron México y Madrid; la llamaron la Décima Musa y la Fénix de América.

Los últimos años fueron de despojo. Presionada por confesores y prelados, o movida por un fervor que solo Dios juzga, renunció a las letras, ratificó sus votos firmando con su sangre y vendió su biblioteca y sus instrumentos para socorrer a los pobres. Quienes la visitaron entonces hablan de una celda desnuda donde apenas quedaron unos libritos de devoción. Las jerónimas cuentan que en la epidemia nadie fue más pronta que ella al lecho de las enfermas, ni más paciente. Hoy sus hermanas la lloran doblemente: como a la enfermera que las cuidó y como a la hermana que no pudieron salvar.

Este diario escribe pocas veces la palabra irreparable, y hoy la escribe. Ha muerto la mayor pluma de esta América, y ha muerto en el oficio más humilde, cuidando apestadas. Alguna posteridad medirá mejor que nosotros lo que valían aquellos versos; a nosotros nos toca dejar constancia de lo que vimos: una mujer que pidió, contra la costumbre del siglo, el derecho de saber, y que pagó ese derecho con la soledad primero y con la vida después. Quede dicho para quien lea estas líneas mañana: en México, un diecisiete de abril, se apagó el fénix.