Fundado en el porvenir Precio: dos reales

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◂ Portada  ·  Edición N.º 8 de 50 4 de julio de 1776
REBELIÓN EN LAS COLONIAS DE AMÉRICA DEL NORTE

Las trece colonias declaran su independencia de la corona británica

El Congreso reunido en Filadelfia aprobó una declaración que proclama que todos los hombres nacen iguales y que gobiernan sólo con el consentimiento de los gobernados. Jorge III pierde un imperio en un papel.

Independencia de EE.UU.
Independencia de EE.UU. — original: w:Second Continental Congress; reproduction: William Stone · Public domain (Wikimedia Commons)

El Congreso Continental adoptó en la jornada de hoy una Declaración de Independencia que corta, con tinta y pluma, el lazo que unía a estas colonias con Gran Bretaña. El texto, redactado en su mayor parte por el joven abogado de Virginia Thomas Jefferson, no se limita a enumerar agravios contra el rey: se atreve a fundar el derecho de un pueblo a darse su propio gobierno sobre verdades que llama evidentes.

«Sostenemos que todos los hombres son creados iguales, que su Creador los ha dotado de derechos inalienables, y que entre ellos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», reza el pasaje que ya corre de boca en boca por las tabernas de la ciudad. Palabras semejantes, advierten los prudentes, no se pronuncian impunemente: los firmantes saben que si la empresa fracasa, les espera la horca por traición.

La ruptura venía madurando desde hace una década a golpes de impuestos y de pólvora: el sello, el té arrojado a la bahía de Boston, los muertos de Lexington y Concord el año pasado. Pero fue un panfleto de dos reales, el «Sentido común» del señor Thomas Paine, el que este invierno puso en lengua llana lo que muchos pensaban sin atreverse: que una isla no puede gobernar para siempre un continente. La resolución de independencia, propuesta por Virginia, se votó en realidad el día 2; lo de hoy fue aprobar el texto que la explica al mundo, y sus revisores le podaron al señor Jefferson, no sin dolor del autor, un cuarto de los párrafos.

La imprenta del señor Dunlap trabaja desde esta noche para que el documento cabalgue mañana hacia las trece colonias, donde será leído a voz en cuello en plazas y cuarteles: al general Washington se le ordena leerlo a su ejército formado en Nueva York, frente mismo a los mástiles de la flota británica que se junta en la bahía. En la sala, cuentan, no faltó el humor de patíbulo: al llamarse a la unión de todos los firmantes, el doctor Franklin habría respondido que más vale mantenerse bien juntos, «porque si no, con toda seguridad, nos colgarán por separado».

La guerra, que ya lleva más de un año, continúa con suerte incierta. Pero los delegados apuestan a que la declaración convierta una revuelta de colonos en la causa de una nación. En Europa, más de una corte leerá este documento con inquietud: la idea de que los gobiernos son criaturas del pueblo, y no al revés, es de las que cruzan océanos.