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◂ Portada  ·  Edición N.º 49 de 50 11 de marzo de 2020
EL MUNDO ENTERO EN CUARENTENA

La OMS declara la pandemia: el coronavirus ya no tiene fronteras

El organismo sanitario mundial admitió lo que los cementerios de Italia y los hospitales de Wuhan venían gritando: el brote es global. Hay 118.000 casos en 114 países, las fronteras se cierran una tras otra y media humanidad se prepara para encerrarse en sus casas.

La pandemia de COVID-19
La pandemia de COVID-19 — National Institute of Allergy and Infectious Diseases (NIAID) · CC BY 2.0 (Wikimedia Commons)

«Hemos llegado a la conclusión de que el COVID-19 puede caracterizarse como una pandemia». La frase, dicha esta tarde en Ginebra por el director de la Organización Mundial de la Salud con la voz de quien firma un documento que la historia le va a pedir cuentas, oficializa lo que el planeta ya sabía: el virus aparecido hace tres meses en un mercado de Wuhan está en todas partes. Ciento dieciocho mil casos en ciento catorce países, cuatro mil muertos, y las dos curvas que importan —contagios y camas de terapia intensiva— subiendo en todos los idiomas.

Italia es el espejo donde el mundo se mira con espanto: el país entero está encerrado desde anteanoche, caso único en tiempos de paz, con las calles de Roma y Milán vacías como en un sueño raro y los médicos de Lombardía eligiendo, porque no alcanzan los respiradores, a quién se intuba y a quién no. Las bolsas se derrumban, las aerolíneas cancelan continentes enteros, los estadios juegan al silencio y un vocabulario nuevo —distanciamiento social, aplanar la curva, barbijo— se instala en la conversación de la humanidad con la velocidad del propio virus.

La cronología cabe en un trimestre feroz: el 31 de diciembre, China reportó unos casos de neumonía extraña en Wuhan; a los pocos días, un oftalmólogo de esa ciudad, el doctor Li Wenliang, fue obligado a retractarse por «difundir rumores» sobre el brote del que había alertado a sus colegas, y en febrero murió de ese mismo virus, convertido en el mártir incómodo de la censura. Siguieron la clausura de Wuhan —once millones de personas encerradas de un día para el otro—, un crucero en cuarentena frente a Japón que fue laboratorio flotante del contagio, y los focos de Corea, de Irán y del norte de Italia. La OMS demoró semanas esta palabra por miedo a que el pánico hiciera su propia epidemia; hoy admitió que el silencio ya alarmaba más que el nombre.

El planeta ensaya a los tumbos su nueva vida diaria: las plazas más fotografiadas de Italia aparecen vacías al mediodía, las oficinas descubren a la fuerza el trabajo desde casa, las góndolas se quedan sin alcohol y sin papel más rápido de lo que se reponen, y cada noche otro país anuncia el cierre de sus fronteras. La Argentina, que confirmó su primer caso hace una semana y llora ya su primer muerto —el primero de toda América Latina—, mira la curva italiana como quien mira su propio futuro con quince días de ventaja, y su gobierno no descarta ninguna medida. La palabra cuarentena, que era de los barcos y de los libros viejos, volvió al habla de todos: cuarenta días, decían los puertos de Venecia; el siglo XXI va a averiguar cuántos dice ella.

Este diario tiene la memoria larga y el archivo a mano: en octubre de 1347 contó la llegada de otra peste en unas galeras genovesas, cuando la ciencia disputaba si el mal venía de los astros y la única receta era huir. Seis siglos y medio después, el enemigo vuelve a ser invisible pero la especie llega distinta: secuenció el genoma del virus en semanas, ya corre tras una vacuna y sabe, con matemática y no con plegarias, qué hay que hacer para que los hospitales no se ahoguen. Lo que no cambió es lo otro, y las próximas semanas lo van a medir: cuánto está dispuesto cada uno a quedarse quieto para que no muera el vecino que no conoce. Quédese en casa el lector que pueda; nos reencontraremos en estas páginas.