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The Daily Yesterday

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◂ Portada  ·  Edición N.º 90 de 113 29 de octubre de 1969
Ensayo nocturno en la Universidad de California

Por primera vez, dos computadoras distantes se hablan a través de una red

A las 22.30, un estudiante envió desde Los Ángeles un mensaje electrónico a otra computadora instalada a más de quinientos kilómetros, cerca de San Francisco. El sistema se interrumpió tras las dos primeras letras, pero una hora después la comunicación fue completa. La red se llama ARPANET y la costea el Departamento de Defensa.

Dos máquinas dialogan
Dos máquinas dialogan — ARPANET · Public domain (Wikimedia Commons)

Esta noche, a las 22.30, en una sala de la Universidad de California en Los Ángeles, un estudiante llamado Charley Kline se sentó ante el teclado conectado a la computadora del laboratorio e intentó escribir una palabra, LOGIN, destinada a otra máquina situada en el Instituto de Investigaciones de Stanford, a más de quinientos kilómetros. Tecleó la L y preguntó por teléfono si había llegado; llegó. Tecleó la O; también llegó. Al intentar la tercera letra, el sistema remoto se desplomó. El primer mensaje transmitido entre dos computadoras distantes en la historia quedó así reducido a dos letras: «LO», como un saludo a medio pronunciar.

Los técnicos no se desanimaron: repararon la falla y, cerca de las 23.30, la palabra completa viajó de una máquina a la otra y la computadora de Stanford respondió como si el operador estuviera sentado frente a ella. El experimento se realizó bajo la dirección del profesor Leonard Kleinrock, cuyo laboratorio alberga el primer nodo de la red. El enlace no une a las computadoras directamente: cada una dialoga con un armario electrónico llamado procesador de mensajes, que fragmenta la información en paquetes y los despacha por líneas telefónicas especiales. Todo el diálogo, letra por letra, quedó asentado a mano en un cuaderno de registro del laboratorio.

La red se llama ARPANET y la costea la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada del Departamento de Defensa, la misma que nació tras el sobresalto del primer satélite soviético. El plan prevé enlazar en los próximos meses cuatro centros universitarios del oeste del país, y más adelante decenas, para que los científicos compartan a distancia unas computadoras que cuestan fortunas y suelen trabajar ociosas de noche. La idea directriz es sencilla de enunciar y endiablada de ejecutar: que máquinas de marcas y lenguajes distintos, separadas por ciudades enteras, puedan entenderse entre sí como se entienden dos operadores por teléfono.

No hubo ceremonia ni fotógrafos: apenas un puñado de ingenieros y estudiantes en dos salas iluminadas con tubos fluorescentes, unidos por una línea telefónica común para confirmarse las letras a viva voz. Cuentan que nadie descorchó nada, y que los protagonistas se fueron a dormir con la sensación del deber cumplido antes que con la de haber tocado la historia. El propio Kline, un estudiante que ayudaba en el laboratorio, habría restado toda importancia a su papel. Los cronistas no estábamos allí; la ciencia, a veces, da sus pasos más largos en habitaciones casi vacías, a una hora en que las universidades duermen.

Este diario confiesa que no sabe medir el alcance de lo ocurrido, y sospecha que tampoco lo saben del todo sus autores. Que dos calculadoras electrónicas se comuniquen entre ciudades parece, hoy, un asunto de especialistas: una curiosidad de laboratorio pagada por los militares. Pero conviene anotar la fecha. Si las máquinas aprenden a conversar entre sí por encima de las distancias, quizá algún día conversen a través de ellas los hombres: sus cartas, sus archivos, acaso sus bibliotecas enteras viajando en paquetes invisibles. Por ahora, la historia registra un comienzo modesto: la primera palabra de las máquinas fue «LO», y quedó a medio decir.