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◂ Portada  ·  Edición N.º 96 de 124 30 de mayo de 1967
Novedad editorial de Sudamericana

Un colombiano casi desconocido publica cien años de estirpes y soledades

La editorial Sudamericana pone hoy en las librerías porteñas Cien años de soledad, novela de Gabriel García Márquez, colombiano de 40 años que apenas vendió libros hasta ahora. Cuenta siete generaciones de la familia Buendía en un pueblo llamado Macondo. La primera tirada, ocho mil ejemplares, es una apuesta audaz.

Nace Macondo
Nace Macondo — Jose Lara · CC BY-SA 2.0 (Wikimedia Commons)

Desde hoy puede comprarse en las librerías de Buenos Aires una novela que llega precedida de un rumor insistente entre los que leen originales: se llama Cien años de soledad, la firma un colombiano de 40 años llamado Gabriel García Márquez y la publica la editorial Sudamericana. Cuenta la historia de siete generaciones de la familia Buendía en un pueblo llamado Macondo, desde su fundación hasta sus diluvios y sus ruinas. Son unas trescientas cincuenta páginas donde conviven guerras civiles, gitanos que traen inventos, pergaminos cifrados, hielos que se tocan como prodigios y muertos que no terminan nunca de irse.

Del autor poco sabe el gran público. Nació en Aracataca, un pueblo bananero del Caribe colombiano; fue reportero y cronista, corresponsal en Europa, guionista en México, donde vive; publicó antes cuatro libros de mérito, La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande, que la crítica elogió y el público dejó pasar: de alguno, se dice, apenas se vendieron unos cientos de ejemplares. Escribió esta novela en un año y medio de encierro, mientras su mujer, Mercedes, sostenía la casa fiando con el almacenero y empeñando lo que hubiera.

La apuesta de Sudamericana tiene algo de temeraria y algo de olfato. Ocho mil ejemplares es tirada de autor consagrado, no de desconocido. Pero estos son años en que la novela de nuestra América vive una hora alta, con los nombres de Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes y Carpentier pasando de mano en mano, y en la editorial juran que este manuscrito venido de México es otra cosa: que quien lo empieza no lo suelta. Capítulos sueltos adelantados en revistas del continente habían anticipado el clima de Macondo, y los escritores que los leyeron venían anunciando en cartas y cafés una obra mayor.

La historia del manuscrito ya circula como leyenda de sobremesa. Cuentan que el autor y su esposa, con las últimas monedas, fueron al correo de México a despachar el original a Buenos Aires, y que el dinero no alcanzó: empeñaron la estufa y otros aparatos de la casa, y aun así solo pudieron enviar la mitad de las páginas. Cuentan también que la mitad que llegó primero bastó para deslumbrar a la editorial, que reclamó el resto a vuelta de correo. Si la anécdota es exacta o está mejorada, poco importa: pinta al escritor que lo apostó todo a un pueblo inventado.

No es costumbre de esta página profetizar con novedades editoriales, y no lo haremos hoy. Digamos apenas lo que puede decirse sin sonrojo. Hay libros que se leen y libros que se quedan a vivir con uno; los primeros lectores de este aseguran que pertenece a la segunda especie, que sus estirpes y soledades suenan a libro sagrado contado en voz de abuela, que hay páginas, como las de aquel mundo «tan reciente que muchas cosas carecían de nombre», que ya no se olvidan. El tiempo, que es el gran librero, dirá lo suyo. Sospechamos que no es un libro más.