Valentina Tereshkova, obrera y paracaidista, es la primera mujer en órbita
La nave Vostok 6 despegó hoy del cosmódromo con una tripulante de 26 años a bordo. Su indicativo de llamada es Chaika, gaviota, y desde la altura transmitió que el cielo es profundo y hermoso. Se prevé que dé más vueltas a la Tierra que todos los astronautas norteamericanos juntos.
Poco después del mediodía, entre el trueno de los cohetes que ya es familiar en esta estepa del Asia central, la nave Vostok 6 se elevó desde el cosmódromo llevando a bordo a la primera mujer que sale al espacio: Valentina Tereshkova, de 26 años. Minutos más tarde, la radio de Moscú confirmaba que la nave había alcanzado la órbita prevista y que la cosmonauta se encontraba en perfecto estado. Su indicativo de llamada, «Chaika», gaviota, voló enseguida por todas las frecuencias del mundo. Desde la altura, la tripulante transmitió sus primeras impresiones: «El cielo es profundo y hermoso», dijo, con la serenidad de quien informa desde una oficina.
Tereshkova no es piloto militar ni ingeniera: trabajaba como obrera en una fábrica textil de la región de Yaroslavl y practicaba paracaidismo deportivo en un aeroclub, mérito que bastó para que la escuela de cosmonautas la admitiera en secreto hace más de un año. Su vuelo no es solitario: desde hace dos días orbita también la Vostok 5, tripulada por el mayor Valery Bykovsky, y ambas naves se aproximaron lo bastante para comunicarse por radio. El plan anunciado prevé para ella cuarenta y ocho vueltas a la Tierra, casi tres días de vuelo: más órbitas que las sumadas por todos los astronautas norteamericanos hasta hoy.
La proeza se inscribe en la porfía espacial que sostienen las dos grandes potencias desde el lanzamiento del primer satélite, en 1957. Hace apenas dos años este diario contó el vuelo de Yuri Gagarin, el primer hombre que giró alrededor de la Tierra, y desde entonces Moscú no ha cedido la delantera: vuelos dobles, jornadas enteras en órbita, y ahora una mujer donde los norteamericanos no han enviado ninguna. En los Estados Unidos, el proyecto Mercury acaba de cerrar su ciclo con seis vuelos tripulados, todos de varones. Los técnicos occidentales admiten que el cohete soviético sigue siendo más potente, aunque discuten cuánto durará esa ventaja.
En Moscú, la noticia sacó a la gente a las calles pese a la jornada de trabajo: frente a los altavoces públicos se formaron corrillos que aplaudían cada parte oficial. Cuentan que la madre de la cosmonauta ignoraba el destino verdadero de su hija, a quien creía en ejercicios de paracaidismo, y que se enteró del vuelo por la radio, como todo el país. Los diarios soviéticos preparan ediciones especiales y ya se anuncia que la joven será recibida con honores en la Plaza Roja. Las felicitaciones llegan de decenas de gobiernos, y las organizaciones femeninas de medio mundo saludan la jornada como una victoria propia.
Más allá de la rivalidad entre las potencias, que tiñe de propaganda cada hazaña espacial, la jornada deja una enseñanza que el diario quiere subrayar: una obrera textil, hija de un tractorista muerto en la guerra, gira en este momento sobre nuestras cabezas a casi treinta mil kilómetros por hora. Nada en su cuna la destinaba al cosmos, y sin embargo allí está, gaviota que se nombra a sí misma por radio. Si el siglo necesitaba una prueba de que el cielo no tiene reservado el ingreso a los varones ni a los poderosos, acaba de recibirla. Habrá que acostumbrarse: el espacio también habla con voz de mujer.