Mao proclama la República Popular y un cuarto de la humanidad cambia de bandera
Desde la tribuna de Tiananmén, Mao Tse-tung anunció el nacimiento del nuevo Estado y el fin de dos décadas de guerra civil. Los nacionalistas de Chiang Kai-shek se repliegan hacia la isla de Formosa. La nación más poblada de la tierra ingresa en el campo comunista.
A primera hora de la tarde, desde la tribuna de la puerta de Tiananmén y frente a una multitud que colmaba la explanada, Mao Tse-tung proclamó el nacimiento de la República Popular China. El jefe comunista, vestido con una sencilla túnica oscura, habló con voz pausada ante los micrófonos que llevaron sus palabras a todo el país. «El pueblo chino se ha puesto de pie», había dicho días atrás ante la conferencia consultiva, y la frase presidió la jornada como una consigna. Al concluir la proclama fue izada por primera vez la bandera roja de cinco estrellas, mientras retumbaban las salvas de artillería sobre la ciudad.
Siguió un desfile militar de varias horas: infantería curtida en veinte años de campañas, caballería, cañones capturados al adversario y unos pocos aviones que sobrevolaron la plaza. El general Chu Teh, comandante del ejército popular, pasó revista a las tropas. Mao presidirá el gobierno central del nuevo Estado, que anunció su disposición a tratar con todos los países que lo reciban en pie de igualdad. Por la noche, cuentan los despachos, Pekín se iluminó con faroles y antorchas, y columnas de estudiantes y obreros desfilaron cantando hasta la madrugada. La vieja capital imperial, tantas veces tomada, celebra esta vez a un vencedor salido de sus propios campos.
La proclamación sella el desenlace de una guerra civil que desangró a China durante más de dos décadas, apenas interrumpida por la invasión japonesa. Los ejércitos comunistas, que en 1934 parecían aniquilados y debieron salvarse en una legendaria marcha hacia el noroeste, terminaron por arrollar este año a las fuerzas nacionalistas: cayeron Pekín, Nankín y Shanghai en pocos meses. El mariscal Chiang Kai-shek, que gobernó el país desde 1928, repliega sus últimas tropas y su gobierno hacia la isla de Formosa, donde promete continuar la resistencia. La inflación ruinosa, la corrupción y el cansancio de los campesinos hicieron por los comunistas tanto como sus fusiles.
Los corresponsales extranjeros que permanecen en Pekín describen una ciudad suspendida entre la esperanza y la incertidumbre. Los comerciantes reabrieron sus puertas bajo las banderas nuevas; los campesinos de los alrededores llegaron a la plaza con retratos del jefe comunista alzados en varas de bambú. Se dice que muchos habitantes, escarmentados por años de moneda sin valor, aguardan sobre todo pan y orden, cualquiera sea el color del gobierno. En las legaciones occidentales reina la cautela: nadie sabe aún quién reconocerá al nuevo régimen, mientras se descuenta que Moscú será el primero en hacerlo. La Unión Soviética gana un aliado de dimensiones continentales.
El diario no puede medir todavía todas las consecuencias de esta jornada, pero una salta a la vista: la nación más poblada de la tierra, un cuarto de la humanidad, ingresa en el campo comunista cuatro años después de terminada la guerra mundial. El mapa que dejaron los vencedores de 1945 se está partiendo en dos mitades que se observan con recelo, y China acaba de volcar su peso inmenso en una de ellas. Lo que ocurra entre Washington y Moscú ya no se decidirá solamente en Europa. Desde hoy, quien quiera entender el mundo tendrá que aprender a mirar también hacia el Oriente.