Fundado en el porvenir Precio: dos reales

The Daily Yesterday

« Todas las noticias de todos los ayeres »

◂ Portada  ·  Edición N.º 83 de 124 30 de enero de 1948
Consternación en la India y en el mundo

Tres balazos apagan al Mahatma Gandhi camino de su oración

Al atardecer, en los jardines de la casa Birla, un fanático hindú disparó a quemarropa contra el Mahatma Gandhi, de 78 años, cuando marchaba a su oración pública. El apóstol de la no violencia murió casi en el acto. «La luz se ha apagado de nuestras vidas», dijo el primer ministro Nehru por radio.

Ha muerto Gandhi
Ha muerto Gandhi — Elliott & Fry · Public domain (Wikimedia Commons)

Marchaba, como todas las tardes, hacia su oración pública en los jardines de la casa Birla, apoyado en los hombros de sus sobrinas nietas, cuando un hombre joven se abrió paso entre la multitud, juntó las manos ante el rostro en el saludo tradicional y disparó tres veces a quemarropa. El Mahatma Gandhi, de 78 años, se desplomó sobre la hierba; cuentan que alcanzó a invocar el nombre de Dios al caer. Poco después, los suyos lo lloraban muerto. La noticia corrió por Delhi como un incendio, y una multitud inmensa y muda rodeó la casa hasta bien entrada la noche.

El asesino, un hindú de ideas fanáticas llegado de Poona, fue reducido en el acto por la muchedumbre y entregado a la policía, que debió protegerlo de ser despedazado allí mismo. No era el primer intento: hace apenas diez días estalló una bomba durante la oración en esos mismos jardines, y Gandhi se negó a aceptar más custodia. Esta noche el primer ministro Nehru habló por radio a la nación con la voz quebrada: «La luz se ha apagado de nuestras vidas y hay tinieblas por todas partes», dijo, y pidió a la India honrar al muerto por el camino de la calma.

Muere asesinado el hombre que hizo de no matar una doctrina política. Hacía pocos días apenas que había levantado su último ayuno, emprendido para detener la matanza entre hindúes y musulmanes que ensangrienta al país desde la partición del año pasado; los fanáticos de su propia fe no le perdonaban precisamente eso: su empeño en proteger a los musulmanes y en cumplir con Pakistán lo pactado. Este diario contó hace pocos meses la jornada en que la India ganó su independencia sin disparar un tiro, tal como aquel anciano la había predicado: quien la ganó así cayó hoy por la pistola de un compatriota.

Los testigos refieren pormenores que Delhi se repite en voz baja: el anciano venía retrasado a la oración y habría bromeado por ello; vestía su ropa de siempre, el paño blanco hilado por su propia mano; saludaba juntando las palmas cuando recibió los disparos. En la casa Birla, sus allegados velan el cuerpo a la luz de las lámparas, entre cantos de las escrituras. El gobernador general Mountbatten acudió de inmediato; se dice que, ante los rumores envenenados que ya corrían, hizo notar que el asesino no era musulmán, sabiendo lo que esa sola palabra podía costar en sangre.

La paradoja es tan cruel que apenas se deja escribir: el apóstol de la no violencia, muerto por la violencia que combatía; el hombre que desarmó a un imperio, desarmado él mismo ante una pistola. La India queda huérfana en la hora en que más lo necesitaba, con las heridas de la partición abiertas y millones de desterrados sobre los caminos. Quiera el cielo que la sangre del Mahatma no encienda la hoguera que él apagó con sus ayunos. Esta noche, en Delhi, millones de lámparas parecen apagarse a la vez; queda por verse si la que él encendió sigue ardiendo.