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◂ Portada  ·  Edición N.º 73 de 113 14 de febrero de 1946
Demostración en la Universidad de Pensilvania

Presentan una máquina electrónica que calcula en segundos lo que a un hombre le lleva días

La Universidad de Pensilvania ha presentado la ENIAC, una calculadora electrónica de treinta toneladas y dieciocho mil válvulas que resuelve en segundos lo que a un calculista le llevaría días. La construyeron los ingenieros Eckert y Mauchly para el Ejército, y la gobiernan calculistas que reconfiguran a mano centenares de cables. Es, dicen, un cerebro electrónico.

Presentan la ENIAC
Presentan la ENIAC — The original uploader was TexasDex at English Wikipedia. · CC BY-SA 3.0 (Wikimedia Commons)

La Universidad de Pensilvania ha mostrado hoy al público un ingenio que parece salido de la fantasía: una calculadora electrónica de proporciones colosales, capaz de resolver en pocos segundos operaciones que a un calculista humano, lápiz en mano, le llevarían días enteros. La llaman ENIAC. Ocupa una sala entera, pesa cerca de treinta toneladas y encierra en sus armarios unas dieciocho mil de esas ampollas de vidrio, las válvulas, que centellean como un firmamento cuando la máquina trabaja. Ante los invitados, el aparato multiplicó cifras enormes y resolvió en un parpadeo un cálculo de artillería, mientras las luces corrían por sus tableros a velocidad de vértigo.

La máquina es obra de dos ingenieros de esta casa, John Eckert y John Mauchly, que la concibieron y construyeron por encargo del Ejército durante la guerra recién terminada, con el fin de calcular las tablas de tiro de los cañones, labor que hoy consume el trabajo de salas enteras de calculistas. Lo que pocos de los presentes advirtieron es que quienes gobiernan al gigante no son sus constructores, sino un grupo de mujeres calculistas, entre ellas las señoritas Betty Jennings y Betty Snyder, que lo preparan para cada problema conectando y reconectando a mano centenares de cables y de conmutadores, en una tarea de paciencia que exige entender la máquina por dentro.

El ingenio nació de una necesidad de la guerra. Los ejércitos modernos disparan piezas cuyo tiro depende de mil variables, la carga, el viento, la distancia, la densidad del aire, y cada cañón requiere tablas que hasta ahora se computaban a fuerza de calculistas encorvados durante semanas sobre máquinas de sumar. La demanda crecía más rápido que los brazos disponibles, y de esa urgencia salió la idea de encomendar el cómputo a la electricidad misma, reemplazando las ruedas y engranajes de las viejas calculadoras por el paso instantáneo de la corriente a través de las válvulas. Terminada la contienda, la máquina se revela útil para empresas que nada tienen que ver con la artillería.

En la sala, el asombro se mezclaba con cierta inquietud. Los invitados veían a la máquina devorar en un instante cuentas que ellos no resolverían en toda una jornada, y no faltó quien, medio en broma, se preguntara qué quedará por hacer a la inteligencia del hombre si los números pasan a manos de un artefacto. Cuentan que, para hacer palpable su rapidez, los operadores le encargaron una operación que se prolongaba y multiplicaba sin cesar, y el resultado apareció antes de que el ojo alcanzara a seguirlo. Los diarios que hoy la retratan la llaman ya, con expresión afortunada, un cerebro electrónico, aunque de cerebro solo tenga la velocidad.

¿Qué anuncia esta máquina que piensa números a la velocidad del rayo? El diario confiesa que le cuesta imaginarlo. Por ahora es una pieza única, carísima y caprichosa, que consume la electricidad de un pueblo y cuyas válvulas se funden con enojosa frecuencia; nada garantiza que semejantes moles salgan del recinto militar y de la universidad. Y sin embargo, se ha cruzado hoy un umbral: por primera vez, una tarea que teníamos por privativa del entendimiento humano, calcular, la ejecuta mejor y más rápido un artificio de metal y de vidrio. Adónde lleve ese camino, no lo sabemos; pero intuimos que hemos visto encenderse algo que ya no se apagará.