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◂ Portada  ·  Edición N.º 100 de 164 18 de marzo de 1938
Mensaje presidencial a la nación

Cárdenas decreta la expropiación de las compañías petroleras extranjeras

A las diez de la noche, el presidente anunció por radio que los bienes de las empresas que desacataron a la Suprema Corte pasan a poder de la nación. La ley obliga a indemnizarlas y el gobierno anuncia que pagará. La noticia sacó a la gente a las calles.

Expropiación petrolera
Expropiación petrolera — Unknown authorUnknown author · CC BY 4.0 (Wikimedia Commons)

A las diez de la noche, las familias reunidas alrededor de los aparatos de radio escucharon la voz pausada del presidente Lázaro Cárdenas anunciar lo que hace unos meses habría parecido imposible: quedan expropiados, por causa de utilidad pública, los bienes de las compañías petroleras extranjeras que operan en el país. El mensaje, transmitido en cadena desde Palacio Nacional, duró cerca de veinte minutos. Al terminar, en muchos barrios de la capital la gente salió a las puertas, se abrazó con los vecinos y comenzó a caminar, casi sin acuerdo previo, rumbo al Zócalo, donde los vivas al presidente se oyeron hasta la medianoche.

La decisión remata un largo pleito laboral. Desde 1936, el sindicato de los trabajadores petroleros reclamaba a las empresas un contrato colectivo y mejores salarios; la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje falló a favor de los obreros, y las compañías, entre ellas El Águila y la Huasteca, apelaron hasta la Suprema Corte de Justicia. El primero de marzo, el más alto tribunal confirmó el laudo. Las empresas respondieron que no podían pagar y no acataron el fallo. Esta noche el presidente fue claro: quien desafía a la justicia de la nación se coloca fuera de su amparo, sea quien sea y venga de donde venga.

El fundamento está en el artículo 27 de la Constitución, que declara propiedad de la nación el petróleo del subsuelo, y en la Ley de Expropiación votada hace dos años. Las compañías, inglesas y norteamericanas en su mayoría, explotaban los mantos desde tiempos de don Porfirio y llegaron a hacer de México el segundo productor del mundo. Los campos de Tampico, de Poza Rica y de El Ébano quedan desde esta noche bajo administración mexicana. El decreto reconoce el deber de indemnizar a las empresas conforme a la ley, y el presidente lo subrayó: la nación expropia, no confisca, y México pagará lo que debe.

Lo que se vive esta noche en las calles no se veía desde hace años. Frente a Palacio Nacional se juntaron millares de personas a vitorear al presidente; hay cohetes, campanas, desconocidos que se estrechan la mano. Ya se organizan colectas para ayudar a pagar la indemnización: se habla de comités de damas dispuestas a donar sus joyas, de obreros que ofrecerán días de salario, de campesinos que mandarán lo que tengan, así sean aves de corral. Los técnicos petroleros mexicanos, mientras tanto, se aprestan a sostener la producción sin los jefes extranjeros que durante años les negaron los puestos de mando.

Nadie se oculta la gravedad del paso. Las compañías son poderosas, sus gobiernos lo son más, y ya se anuncia que presionarán con el boicot y la desconfianza. Habrá días difíciles para la moneda y para el comercio. Pero esta noche la sensación que recorre la capital es otra: la de un país que se atreve, por primera vez en mucho tiempo, a tomar posesión de lo suyo. El petróleo que duerme bajo el suelo mexicano será en adelante, para bien o para mal, asunto de los mexicanos. La historia dirá si la apuesta era demasiado grande; la dignidad, por lo pronto, ya cobró su parte.