Uruguay da vuelta la final y es el primer campeón mundial de fútbol
Ante unas setenta mil almas, los orientales vencieron a la Argentina por cuatro a dos en el estadio Centenario. Los nuestros ganaban dos a uno al descanso con goles de Peucelle y Stábile, pero Cea, Iriarte y Castro consumaron la remontada. El Río de la Plata fue esta vez todo celeste.
Montevideo es esta noche una sola fiesta y Buenos Aires un solo silencio. En el estadio Centenario, alzado en pocos meses para gloria del centenario oriental, ante unas setenta mil almas apretadas en las tribunas, Uruguay venció a la Argentina por cuatro tantos a dos y se consagró primer campeón mundial de fútbol. El partido tuvo todo lo que estos clásicos del Plata prometen: vueltas de marcador, guapeza, fineza y ese aire de duelo de hermanos que ninguna otra rivalidad del fútbol conoce. Al pitazo final, las sirenas y las campanas saludaron a los vencedores y la ciudad entera se echó a la calle.
Abrió la cuenta Dorado para los orientales, empató Peucelle con un tiro cruzado y antes del descanso Stábile, el goleador del torneo, puso en ventaja a los nuestros. La final parecía porteña. Pero en el segundo tiempo el once celeste salió a imponer su juego: Cea igualó, Iriarte adelantó a los suyos con un zurdazo, y sobre el final Castro, el manco, sentenció de cabeza el cuarto. Nasazzi ordenó la zaga como un capitán de barco y el arquero Ballestrero contuvo lo que los delanteros argentinos, hasta ayer imparables, llevaron esta tarde con menos fortuna que otras veces.
Este campeonato, primero de su especie, reunió a trece naciones por empeño de la Federación Internacional y de su presidente, el señor Rimet, que eligió a Montevideo como sede en homenaje al doble campeón olímpico. La final repitió la de los Juegos de Amsterdam de hace dos años y reavivó una rivalidad que ya es clásico universal. Hasta la pelota fue materia de litigio: no poniéndose de acuerdo las delegaciones, se resolvió jugar cada tiempo con el balón de cada país; con el argentino se jugó el primero, que fue nuestro, y con el uruguayo el segundo, que fue de ellos.
Miles de porteños cruzaron el río en vapores abarrotados, que hicieron viajes extraordinarios toda la víspera; muchos durmieron en las cubiertas y en los muelles por ver la final. En Montevideo el gobierno decretó feriado, el comercio cerró sus puertas y las sirenas de los diarios anunciaron cada gol a los barrios. A la entrada del estadio, cuentan, se revisó uno por uno a los concurrentes en previsión de exaltados, y la jornada transcurrió sin más batalla que la del césped. Del lado argentino hubo lágrimas, y también hidalguía: se perdió una final contra el único rival que no deshonra.
Duele la derrota, no ha de negarse, y más por cómo se dio, con el triunfo en la mano al descanso. Pero puestos a mirar la jornada con ojos serenos, el saldo enorgullece a las dos orillas: el primer campeonato mundial de la historia se definió entre los dos equipos del Río de la Plata, lejos de los maestros británicos y de las escuelas del viejo continente. El fútbol, nacido inglés, habla hoy con acento rioplatense. Felicitemos al vencedor como se felicita a un hermano mayor de apenas un río de distancia, y guardemos la revancha para la próxima vez que se crucen.