«Sí, cosas maravillosas»: Carter abre la tumba intacta de un faraón
Tras años de búsqueda estéril, el arqueólogo inglés perforó esta tarde un muro sellado hace tres mil años y asomó una vela a la oscuridad: lechos dorados, carros, estatuas y el nombre de Tutankamón. La arqueología conocía tumbas de reyes; desde hoy conoce una que los ladrones no vaciaron.
A media tarde de hoy, en un corredor excavado en la roca del Valle de los Reyes, Howard Carter abrió con manos que le temblaban una brecha en un muro sellado y acercó una vela al agujero. El aire caliente de treinta siglos hizo bailar la llama; detrás, en la oscuridad, empezaron a insinuarse formas de animales extraños, estatuas y, por todas partes, el destello del oro. Lord Carnarvon, que aguardaba a su espalda junto a su hija y al ingeniero Callender, no soportó el silencio y preguntó si veía algo. La respuesta de Carter quedará en los anales de la arqueología: «Sí, cosas maravillosas».
El hallazgo corona una obstinación que muchos llamaban locura. El valle, saqueado desde la antigüedad y cribado por excavadores durante un siglo, estaba oficialmente agotado: su anterior concesionario lo abandonó declarando que nada quedaba por encontrar. Carter sostenía lo contrario apoyado en indicios menudos —una copa de loza, unas láminas de oro con un nombre real casi desconocido— y convenció a lord Carnarvon, el aristócrata inglés que financia sus campañas desde hace años, de costear temporada tras temporada sin resultado. El propio conde estuvo a punto de retirarse este año; concedió, casi por cortesía, una última campaña. El 4 de noviembre, bajo las chozas de los obreros de otra tumba, apareció un escalón.
El dueño de la tumba es un rey del que la historia apenas sabía el nombre: Tutankamón, un faraón muerto joven hace más de tres mil doscientos años, en el turbulento final de la dinastía decimoctava, cuando Egipto regresaba a sus dioses antiguos tras la herejía de Akenatón. Su oscuridad fue su fortuna: los constructores de tumbas posteriores levantaron sus chozas sobre la entrada, y los ladrones que todo lo hallaron no dieron con ésta. Los sellos de la necrópolis estaban en la primera puerta, aunque hay señales de una intrusión antiquísima vuelta a cerrar: alguien entró hace treinta siglos, y los guardianes del valle sellaron detrás.
Lo que la vela y luego una lámpara eléctrica mostraron esta tarde desafía el inventario: tres grandes lechos dorados con cabezas de bestias, carros desarmados y apilados que relumbran de oro, cofres pintados, vasos de alabastro, un trono, y custodiando otro muro sellado, dos estatuas negras de un rey de tamaño natural, con faldellín y sandalias de oro. Hay ramos de flores que conservan su forma: la despedida de un funeral celebrado cuando Roma no existía. Carter ha dispuesto volver a cerrar la brecha y montar guardia armada mientras se organiza un trabajo que llevará meses: cada objeto deberá fotografiarse y registrarse antes de moverse. El telégrafo de Luxor despacha desde esta noche la noticia al mundo.
Queda, detrás de las estatuas guardianas, ese muro sellado que promete lo que ningún arqueólogo vio jamás: acaso el propio rey, intacto entre sus oros. Habrá que esperar a que la ciencia trabaje con la paciencia que los tesoros exigen. Entre tanto, el mundo puede medir la lección de esta tarde: los imperios que levantaron montañas de piedra para ser recordados fueron olvidados igual, y este muchacho real, borrado de las listas y sepultado a las apuradas, será desde hoy el faraón más famoso de la tierra. La inmortalidad, se ve, tiene su ironía: a veces no consiste en ser recordado, sino en ser perdido con esmero.