Fundado en el porvenir Precio: dos reales

The Daily Yesterday

« Todas las noticias de todos los ayeres »

◂ Portada  ·  Edición N.º 51 de 90 7 de noviembre de 1919
REVOLUCIÓN EN LA CIENCIA

El eclipse dio el veredicto: la luz de las estrellas se curva junto al Sol, como predijo Einstein

La Real Sociedad de Londres anunció que las fotografías del eclipse de mayo confirman la teoría de un físico alemán de Berlín: la gravedad tuerce hasta los rayos de luz. Newton reinó doscientos años; anoche, bajo su propio retrato, la ciencia le enmendó la plana.

La luz se curva
La luz se curva — Frank Watson Dyson / Arthur Eddington / Charles Rundle Davidson · Public domain (Wikimedia Commons)

Londres amaneció hoy con los diarios proclamando una «revolución en la ciencia», y por una vez el titular se queda corto. Anoche, en la sede de Burlington House, ante una sala colmada como pocas veces se ha visto, la Real Sociedad y la Real Sociedad Astronómica escucharon el veredicto de los astrónomos: las placas fotografiadas durante el eclipse total del 29 de mayo demuestran que la luz de las estrellas se desvía al rozar el Sol, y que lo hace en la medida exacta que calculó el profesor Albert Einstein. El presidente de la sesión habló de uno de los más altos logros del pensamiento humano; el retrato de Newton, colgado en la sala, presidió su propia enmienda.

La teoría en cuestión, llamada de la relatividad general, sostiene algo que desafía al sentido común: la gravitación no es una fuerza que tira de las cosas, como se enseña desde hace dos siglos, sino una curvatura que los cuerpos imprimen al espacio y al tiempo mismos, por la cual hasta un rayo de luz, que nada pesa, tuerce su camino al pasar junto a una gran masa. Einstein publicó el cálculo en Berlín, en plena guerra, y señaló él mismo la prueba: fotografiar estrellas junto al Sol durante un eclipse y medir si aparecen corridas de su lugar. Predijo un desvío doble del que resultaría de la vieja mecánica: la naturaleza tendría que elegir entre Newton y él.

Para tomarle la palabra, los ingleses despacharon en marzo dos expediciones a la faja del eclipse: una a Sobral, en el norte del Brasil, y otra a la isla de Príncipe, en el golfo de Guinea, donde acampó el profesor Eddington, de Cambridge. Hubo nubes, lluvia tropical, placas que fallaron, y luego meses de medición paciente: los corrimientos buscados son tan diminutos que se miden en fracciones de milímetro sobre la fotografía. Anoche, el astrónomo real, sir Frank Dyson, resumió el resultado sin retórica alguna: no cabe duda de que la luz se desvía, y el desvío concuerda con la ley de Einstein, no con la de Newton.

La circunstancia agrega al hallazgo una moraleja que nadie en la sala pasó por alto: a un año apenas del armisticio que este diario relató, la teoría de un alemán de Berlín queda consagrada por astrónomos ingleses, y entre ellos un cuáquero que se negó a odiar durante la guerra. El profesor Einstein, de cuarenta años, era hasta ayer un desconocido para el gran público; quienes lo trataron lo pintan sereno y con humor. Preguntado qué habría pensado si las placas lo desmentían, habría respondido: «Lo sentiría por el buen Dios; la teoría es correcta». La anécdota corre sin garantía, pero pinta al personaje: nunca dudó de que el universo estuviera de su lado.

Conviene decirlo con justicia: Newton no ha sido derribado, sino corregido en los confines donde su ley, que sirvió doscientos años para todo, deja de alcanzar. Así avanza la ciencia: no quemando a sus padres, sino midiéndolos. Para el hombre común nada cambia mañana: las manzanas seguirán cayendo y los puentes, sosteniéndose. Y sin embargo algo enorme se movió anoche: el espacio y el tiempo, que parecían el escenario fijo del mundo, resultan actores del drama. Anótese el nombre de este profesor de Berlín, que el público apenas empieza a deletrear: cuando las ideas doblan la luz de las estrellas, tarde o temprano doblan también la historia.