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◂ Portada  ·  Edición N.º 83 de 164 5 de febrero de 1917
Solemne sesión en el Teatro Iturbide

Carranza promulga en Querétaro la nueva Constitución de la República

El Primer Jefe protestó guardar la carta que los diputados constituyentes hicieron más avanzada que su propio proyecto. Los artículos 27, 123 y 3 llevan la tierra, el trabajo y la escuela al rango de ley suprema. El texto entrará en vigor el primero de mayo.

La nueva Constitución
La nueva Constitución — Hpav7 · Public domain (Wikimedia Commons)

La ciudad de Querétaro amaneció vestida de fiesta. En el Teatro Iturbide, colmado desde temprano por diputados, militares y curiosos, el Primer Jefe Venustiano Carranza protestó hoy guardar y hacer guardar la nueva Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que queda promulgada con toda solemnidad. Los constituyentes, de pie, respondieron con una ovación prolongada; afuera, las campanas y las dianas de las bandas militares anunciaron al vecindario que la República tiene carta nueva. El mismo escenario donde hace medio siglo fue juzgado Maximiliano de Habsburgo sirve hoy de cuna a la ley suprema que habrá de regir a los mexicanos.

El documento que hoy se promulga no es el que el Primer Jefe imaginó. Carranza envió en diciembre un proyecto que reformaba con prudencia la Constitución de 1857, pero la asamblea reunida desde entonces en este mismo teatro lo desbordó. Diputados jóvenes, muchos venidos de la guerra, entre ellos el general Francisco J. Múgica, impusieron un texto más radical: el artículo 27 declara que las tierras y aguas, y el subsuelo con todas sus riquezas, pertenecen originariamente a la nación; el 123 consagra la jornada de ocho horas, el salario mínimo y el derecho de huelga; el 3 ordena que la enseñanza sea laica.

Nada de esto se entiende sin los seis años de sangre que la República lleva a cuestas. Cuando este diario relató el estallido de la Revolución, en noviembre de 1910, pocos imaginaban que aquel llamado contra la reelección desembocaría en una carta de esta hondura. Las demandas de los pueblos despojados de sus tierras, de los obreros de las fábricas y de las minas, de los maestros sin escuela, se han abierto paso hasta el papel. Los constituyentes no han redactado apenas un reglamento de poderes: han querido escribir, con todas sus letras, un programa de justicia para el país que salga de la guerra.

En las calles de Querétaro la jornada tuvo aire de feria. Cuentan que algunos diputados, al estampar su firma hace unos días, tenían lágrimas en los ojos, y que otros firmaron con la mano marcada por viejas heridas de campaña. Los vendedores ambulantes ofrecían retratos del Primer Jefe y ejemplares impresos del texto, que la gente hojeaba en los portales sin entenderlo del todo, pero adivinando que algo suyo hay en esas páginas. Entre los grupos se repetía una reserva prudente: la ley será buena si se cumple. En esa frase cabe la experiencia de un pueblo que ha visto muchas leyes y poca justicia.

Los entendidos hacen notar que ninguna constitución del mundo había llevado hasta hoy los derechos de los trabajadores y la propiedad de la tierra al rango de ley suprema; ni la de los Estados Unidos ni las de Europa contienen nada semejante. Habrá quien juzgue excesivo el atrevimiento y quien lo juzgue corto. La carta entrará en vigor el primero de mayo y en marzo habrá elecciones; entonces se verá si el papel resiste a los hombres. Por lo pronto, México ofrece al siglo un documento nuevo: una constitución que no se conforma con organizar el poder, sino que promete justicia a los de abajo.