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◂ Portada  ·  Edición N.º 47 de 90 28 de junio de 1914
EL HEREDERO DE AUSTRIA-HUNGRÍA, MUERTO A TIROS

Un estudiante mata en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando y a su esposa

Gavrilo Princip, bosnio de diecinueve años, disparó a quemarropa sobre el automóvil del heredero del trono austrohúngaro, que murió junto a la duquesa Sofía. Una bomba había fallado por la mañana; bastó después un chofer confundido de calle. Europa duerme esta noche atada a sus alianzas.

Magnicidio en Sarajevo
Magnicidio en Sarajevo — Achille Beltrame · Public domain (Wikimedia Commons)

El archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona de Austria-Hungría, y su esposa Sofía, duquesa de Hohenberg, fueron muertos a tiros esta mañana en una esquina de Sarajevo. Eran cerca de las once cuando su automóvil descubierto, que regresaba del ayuntamiento, se detuvo un instante junto al puente Latino; de la vereda se adelantó un muchacho delgado, apoyó casi el brazo en la carrocería y disparó dos veces. La primera bala atravesó el cuello del archiduque; la segunda hirió en el vientre a la duquesa, que se desplomó sobre las rodillas de su marido. Ambos murieron antes del mediodía en la residencia del gobernador, sin recobrar el habla.

La jornada había comenzado con otro atentado, y quizá debió terminar allí. Camino del ayuntamiento, un primer conspirador arrojó una bomba que rebotó en la capota plegada del automóvil archiducal y estalló bajo el coche siguiente, hiriendo a oficiales del séquito y a varios curiosos. El archiduque llegó demudado a la recepción oficial y, según los presentes, interrumpió al alcalde con amargura: venía de visita y se lo recibía con bombas. Repuesta la calma, se decidió alterar el programa para visitar a los heridos en el hospital; pero nadie avisó del cambio a los choferes, y el primero de la columna dobló por la calle equivocada. La orden de retroceder detuvo el coche exactamente frente al asesino.

El homicida, capturado en el acto tras intentar en vano envenenarse, se llama Gavrilo Princip: diecinueve años, bosnio de origen servio, estudiante, vinculado a los círculos de la juventud nacionalista que sueñan con arrancar Bosnia al imperio y unirla a Servia. La provincia, anexada por Viena hace apenas seis años, es un avispero: el archiduque venía a presidir maniobras militares, y la visita se fijó, por torpeza o por desafío, en el día de San Vito, la fecha más sagrada del calendario servio. La policía investiga cuántos conjurados sembraban hoy la ruta del cortejo y quién armó sus manos; en Belgrado, los despachos oficiales se apresuran a condenar el crimen.

Los últimos minutos del heredero tuvieron testigos. El conde Harrach, que viajaba de pie en el estribo —del lado equivocado, se lamentará siempre—, oyó al archiduque, con la guerrera ya empapada, rogar a su mujer: «Sofía, Sofía, no te mueras, vive para nuestros hijos»; después, preguntado por sus heridas, repitió varias veces «no es nada», hasta perder la voz. La pareja deja tres hijos y una historia singular: por casarse con Sofía, dama sin rango suficiente para la corte, Francisco Fernando había jurado excluir del trono a su descendencia, y a la duquesa se le regatearon los honores toda la vida. En esta provincia, paradójicamente, podían ir lado a lado; por eso ella estaba hoy en el automóvil.

En Viena, un emperador de ochenta y tres años recibe la noticia de que la muerte le ha vuelto a arrebatar un heredero. Pero lo que hoy se abre no es sólo un duelo dinástico. Austria-Hungría querrá respuestas de Servia; detrás de Servia vela Rusia; detrás de Austria, Alemania; y más allá, Francia e Inglaterra, cada una atada por pactos que se juraron precisamente para que nadie se atreviera a probarlos. Europa vive armada hasta los dientes y en paz desde hace cuarenta años, convencida de que ambas cosas se garantizan mutuamente. Dos disparos de un estudiante acaban de tensar todos esos hilos a la vez; nadie sabe cuánto puede tirar de ese nudo un solo disparo.