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◂ Portada  ·  Edición N.º 23 de 50 15 de abril de 1912
CATÁSTROFE EN EL ATLÁNTICO NORTE

El Titanic, el buque que no podía hundirse, yace en el fondo del mar

El mayor transatlántico jamás construido chocó contra un témpano en su viaje inaugural y se hundió en la madrugada de hoy. Se temen más de 1.500 muertos. El Carpathia navega hacia Nueva York con los sobrevivientes.

Hundimiento del Titanic
Hundimiento del Titanic — Willy Stöwer · Public domain (Wikimedia Commons)

El Titanic, orgullo de la naviera White Star y del ingenio de este siglo, se hundió esta madrugada en aguas heladas del Atlántico Norte, a unas 400 millas de Terranova, en la cuarta noche de su primer viaje entre Southampton y Nueva York. Según los despachos inalámbricos recogidos por esta redacción, el buque chocó de refilón contra un témpano a las 23:40 del domingo y desapareció bajo el mar dos horas y cuarenta minutos después, con las luces encendidas y la orquesta, juran los botes, tocando hasta el final.

Las primeras informaciones, que hablaban de un buque averiado siendo remolcado a puerto, han cedido paso a la verdad atroz: de las cerca de 2.200 almas a bordo, apenas unas 700 fueron recogidas de los botes por el vapor Carpathia, que acudió a toda máquina al llamado de auxilio. El resto —tripulantes, emigrantes de tercera clase, y no pocos nombres ilustres de la banca y la industria, como el coronel Astor y el señor Guggenheim— pereció en un agua a dos grados que no perdona.

Convenía al negocio que el buque pareciera un pueblo flotante de lujo, y lo era: doscientos sesenta y nueve metros de eslora, cuarenta y seis mil toneladas, gimnasio, piscina templada, café parisién y una escalera de roble bajo cúpula de vidrio que las páginas de sociedad describieron durante semanas. Pero el mar no lee las páginas de sociedad: se sabe ahora que durante todo el domingo la cabina de telegrafía recibió avisos de hielo de otros buques, y que el Titanic siguió corriendo a veintidós nudos en una noche sin luna, porque llegar el martes a Nueva York con los fotógrafos esperando en el muelle también formaba parte del espectáculo.

Los pormenores que van llegando por el inalámbrico parten el alma y honran a muchos. El telegrafista Phillips pidió auxilio hasta que el agua le entró a la cabina, alternando la vieja señal CQD con la nueva SOS; el vapor Californian estaba a la vista de los cohetes de socorro, pero su único telegrafista dormía y nadie lo despertó. En cubierta se cumplió, con excepciones que las investigaciones dirán, la ley del mar: mujeres y niños primero. La señora Ida Straus rehusó el bote para quedarse con su esposo —«donde tú vayas, voy yo»—, y los músicos, lo confirman cuantos se salvaron, tocaron sobre la cubierta inclinada hasta que no hubo cubierta.

La pregunta que hoy recorre dos continentes es cómo pudo ocurrir. El buque fue vendido al público como prácticamente insumergible, y llevaba botes salvavidas para menos de la mitad de sus pasajeros: la reglamentación, escrita para barcos más chicos, lo permitía. La soberbia también viaja en primera clase. Habrá investigaciones en Washington y en Londres, y es de esperar que el mar le enseñe a la ley lo que la ley no quiso aprender de los ingenieros.