Cae Chapultepec: entre sus defensores mueren cadetes del Colegio Militar
Tras horas de asalto, la bandera norteamericana ondea sobre el castillo. Entre los muertos se cuentan seis alumnos adolescentes que rehusaron retirarse. Todo anuncia que mañana el invasor entrará a la capital.
El castillo de Chapultepec ha caído. Desde el amanecer, tras dos días de bombardeo, las columnas del general Scott asaltaron el cerro por el bosque y por las rampas, y hacia media mañana la bandera de los Estados Unidos se izó sobre el Colegio Militar. Los defensores, apenas ochocientos entre soldados del batallón de San Blas y tropas del general Bravo, más medio centenar de cadetes, pelearon entre los árboles, en las escarpas y al fin en las salas mismas del colegio, cuarto por cuarto, hasta que la desproporción consumó lo inevitable. La ciudad entera oyó el fuego durante toda la mañana.
Entre los muertos que la nación llorará hay nombres que apenas empezaban. Eran alumnos del Colegio Militar, adolescentes a quienes se ordenó retirarse y que pidieron quedarse a defender su escuela: el teniente Juan de la Barrera, de diecinueve años, y los cadetes Agustín Melgar, Juan Escutia, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez y Francisco Márquez, el menor, de apenas trece. Cayeron en las baterías, en los pasillos, en las laderas del cerro. Cuentan que uno de ellos, Escutia, se precipitó por el declive envuelto en la bandera del colegio para que no cayera en manos del invasor.
Chapultepec era la última llave de la capital por el poniente. Después de Padierna y Churubusco, del armisticio roto y de la carnicería del Molino del Rey hace apenas cinco días, el invasor necesitaba el cerro para abrir las calzadas de Belén y San Cosme. El general Bravo pidió refuerzos que no llegaron a tiempo; el batallón de San Blas, del teniente coronel Xicoténcatl, se sacrificó casi entero al pie del cerro. Esta guerra, nacida de la anexión de Texas y de la ambición sobre nuestros territorios del norte, toca ya las puertas de Palacio, y nuestras divisiones intestinas no han ayudado.
La tarde fue de combates en las garitas de Belén y San Cosme, y la noche ha caído sobre una ciudad que se prepara para lo peor. En los hospitales de sangre faltan manos; familias enteras cruzan con bultos hacia los barrios del oriente. Los que bajaron del cerro cuentan escenas que cuesta escribir: muchachos de uniforme peleando a la bayoneta contra veteranos, el general Bravo prisionero, los salones del colegio sembrados de libros y de sangre. Se dice que esta noche el gobierno y el ejército evacuarán la plaza para no exponer a la población a los horrores de un asalto.
Todo anuncia que mañana la bandera extranjera ondeará sobre el Palacio Nacional. Este diario lo escribe con la mano pesada, pero lo escribe: las capitales se ocupan, las naciones no. La república ha perdido un cerro, un castillo y una batalla; le quedan su nombre, su derecho y el ejemplo de los que no se rindieron. Guardemos desde hoy los nombres de esos niños que murieron como soldados viejos: la patria que no supimos defenderles tendrá que merecerlos. No hay odio en estas líneas; hay duelo, y una certeza serena: lo que se funda en la injusticia no se queda para siempre.