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◂ Portada  ·  Edición N.º 5 de 50 24 de mayo de 1543
HIPÓTESIS QUE MUEVE LA TIERRA

Muere el canónigo Copérnico el mismo día en que llega a sus manos su libro: la Tierra gira alrededor del Sol

En Frauenburg falleció hoy Nicolás Copérnico, y cuentan que alcanzó a tocar en su lecho el primer ejemplar impreso de su obra, donde sostiene que no es el cielo el que da vueltas en torno nuestro, sino nosotros en torno al Sol.

Copérnico mueve la Tierra
Copérnico mueve la Tierra — Unknown authorUnknown author · Public domain (Wikimedia Commons)

Ha muerto hoy en esta ciudad, a los setenta años, el doctor Nicolás Copérnico, canónigo de la catedral, médico de pobres, administrador y astrónomo, y la fortuna le concedió el final que se concede a los personajes de las fábulas: sus amigos juran que el primer ejemplar de su libro «Sobre las revoluciones de los orbes celestes», recién llegado de las prensas de Núremberg, fue puesto en sus manos horas antes del último aliento. El canónigo, vencido por la apoplejía, apenas pudo verlo. Llevaba treinta años sin atreverse a publicarlo.

La cautela tenía motivo. El libro sostiene, con tablas y geometría que pocos hombres en Europa pueden juzgar, que el Sol está quieto en el centro del mundo, y que esta Tierra que pisamos —con sus montañas, sus mares y sus catedrales— es un astro más que gira sobre sí cada día y alrededor del Sol cada año. Los movimientos del cielo que vemos serían así ilusión del navío en que viajamos. Un prólogo añadido a último momento, que las malas lenguas atribuyen al clérigo Osiander y no al autor, ruega tomar todo como mera hipótesis de cálculo, artificio útil que no pretende decir cómo es el mundo de verdad.

El difunto fue muchos hombres en uno, como pide el siglo: estudió leyes y medicina en Italia, tradujo del griego, escribió sobre la acuñación un principio que los príncipes harían bien en releer —la moneda mala expulsa de la plaza a la buena—, administró los bienes de su cabildo, curó pobres sin cobrarles y hasta organizó la defensa del castillo de Allenstein contra los caballeros teutones. La astronomía fue su pasión de torre y de madrugada, servida con instrumentos de madera que él mismo se fabricó, sin más anteojo que sus ojos. Un resumen manuscrito de su sistema circulaba entre entendidos desde hace treinta años; el libro entero dormía, y habría muerto con él de no mediar un peregrino inesperado.

El peregrino fue un matemático luterano de veinticinco años, de nombre Rheticus, que en plena Europa partida por la fe cruzó medio continente para sentarse a los pies del canónigo católico: la ciencia, se ve, cruza fronteras que la teología atrinchera. Se quedó dos años, verificó las cuentas, publicó un anticipo que preparó los ánimos y convenció al viejo de soltar el manuscrito, que fue a imprimirse a Núremberg bajo cuidado ajeno —de allí el prólogo intruso—. El autor, curándose en salud, dedicó la obra nada menos que al papa Paulo III, con un argumento digno de su doble oficio: que la Iglesia necesita astronomía exacta para reformar el calendario, que anda corrido, y que sus tablas son las mejores. La fecha de la Pascua, quién lo hubiera dicho, puede terminar moviendo la Tierra.

Hipótesis o verdad, la idea ya está impresa, y lo impreso, como se sabe desde Maguncia, no vuelve atrás. Los luteranos la han burlado citando a Josué, que mandó detenerse al Sol y no a la Tierra; Roma por ahora calla. Este cronista no es quién para terciar entre teólogos y geómetras, pero anota una sospecha para los lectores del porvenir: las ideas que degradan al hombre de su trono suelen, con el tiempo, salirse con la suya. Si el canónigo acierta, no somos el centro del mundo sino sus pasajeros, y alguien tendrá que rehacer, junto con las tablas astronómicas, alguna que otra soberbia.