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◂ Portada  ·  Edición N.º 8 de 113 31 de octubre de 1517
Escándalo teológico en Sajonia

Un fraile agustino desafía el comercio de indulgencias con noventa y cinco tesis

El fraile agustino Martín Lutero ha hecho públicas noventa y cinco proposiciones contra la venta de indulgencias que predica el dominico Tetzel para sufragar la basílica de San Pedro. Cuentan que las fijó en la puerta de la iglesia del castillo, a modo de convite a la disputa. Lo que nace como querella de doctores amenaza con no quedarse en las aulas.

Las tesis de Lutero
Las tesis de Lutero — Lucas Cranach the Elder · Public domain (Wikimedia Commons)

Cuentan que en la mañana de hoy, víspera de Todos los Santos, un fraile agustino llamado Martín Lutero, doctor y profesor de esta universidad, fijó en la puerta de la iglesia del castillo un pliego con noventa y cinco proposiciones en latín. No es un panfleto de plaza, sino una invitación a la disputa entre doctores; pero las tesis atacan de frente una práctica que llena las arcas de medio mundo cristiano: la venta de indulgencias, esos papeles que prometen al comprador y a sus difuntos el perdón de las penas del purgatorio a cambio de unas monedas contantes.

El fraile no discute la potestad del Sumo Pontífice, mas niega que el dinero compre la salvación del alma. En una de sus proposiciones sostiene que el verdadero tesoro de la Iglesia es el Evangelio, y no el cofre de los buleros; en otra, que el cristiano de veras contrito ya tiene el perdón sin necesidad de carta alguna. El blanco es evidente: el dominico Johann Tetzel, que recorre estas comarcas predicando la indulgencia con feria de tambores, y de quien se repite un dicho que él mismo habría acuñado: apenas la moneda en el cofre resuena, el alma del purgatorio al cielo vuela.

La ocasión de tanto comercio tiene su raíz en Roma. En la ciudad de los papas se levanta, piedra sobre piedra, la nueva basílica de San Pedro, obra de un costo que ninguna renta alcanza a cubrir; para sufragarla se ha proclamado una indulgencia extraordinaria, cuyo producido se reparte por caminos que no todos conocen. Los príncipes alemanes murmuran desde hace tiempo que el oro de sus súbditos toma el camino de los Alpes y no regresa. Lo que hasta ayer era queja de mercaderes y de campesinos, hoy lo pone en latín un doctor de la Iglesia y lo cuelga de la puerta de un templo.

En Wittenberg la novedad corre de boca en boca. Los estudiantes, que veneran a su maestro, copian las proposiciones, y hay ya quien las lleva a la imprenta para difundirlas más allá de las murallas; se dice que en pocos días andarán de mano en mano por toda Sajonia. Unos las celebran como un acto de conciencia; otros, más prudentes, tuercen el gesto y recuerdan que quien toca el bolsillo de Roma juega con fuego. El propio Lutero, hombre de estudio y de escrúpulos, asegura no buscar cisma alguno, sino corregir un abuso; querría, dice, una disputa entre doctores y no un incendio.

¿En qué parará este pleito de frailes y de teólogos? El diario no se atreve a profetizarlo. Disputas sobre indulgencias y purgatorio ha habido muchas, y casi todas se apagaron en las aulas sin que el vulgo se enterase. Mas algo distinto se respira esta vez: la imprenta multiplica las palabras a una velocidad que ningún concilio conoció, y el humor de Alemania contra las exacciones romanas está caldeado. Tal vez no pase de una querella universitaria que el olvido sepulte antes del deshielo. Tal vez, y esto lo decimos con cautela, un fraile obstinado acabe de encender una hoguera que nadie sabrá apagar.